
Mi abuela murió en el 2001, a los 65 años. Muy joven a nuestro parecer. Siempre fue una mujer muy ordenada, estricta y con aptitudes para tareas manuales. Sabía bordar, coser, pintar y hacer realidad nuestros sueños de juegos infantiles. Gracias a ella, nuestros muñecos siempre tenían ropa para estrenar, las barbies eran super fashion, teníamos cocinas lo más cercanas a la cotidianidad.
Entre sus frases siempre recuerdo a: “tengo un peregrino de visita”; entre sus palabras: verbos como: mermar, tribunear, merendear; sustantivos como: silla mecedora, pucho, catre, chifonier, carpeta de croché, parva; adjetivos: melindroso, cismático, repelente; otras inventadas como "susquiniao", "hacer carrizo", y cuando se acababa el tema de conversación remataba con un "Y, ¿entonces?".
Entre sus aficiones estaban: Cuidar las plantas, alimentar los canarios del patio, cuidar al perro y al gato de su casa, limpiar a fondo, asomarse a la ventana un rato para ver a la gente pasar; ir a misa los domingos, rezarle cada noche a los “siete de Colombia”, tener todo impecable, recibirnos con un tinto recién hecho o conservado en el termo que recibió el Día de La Madre o en Navidad.
Fue una mujer muy trabajadora, de carácter triste, actitud proteccionista y tendiente a exagerar las situaciones. Creo que cualquier dificultad nuestra se traducía en un sufrimiento para ella. Siempre tenía en la nevera una botella de Ron Viejo de Caldas, que consumía cada viernes poco a poco con Coca-Cola, al son de boleros y con un Piel Roja entre sus labios.
Su nombre -Diva- fortalecía su vanidad frente al espejo. Tardaba horas maquillándose y comprobando que una ceja quedara exacta a la otra, que las mejillas tuvieran la misma intesidad de rubor, y que su pequeña boca quedara bien delineada, como bien pintadas sus uñas con esmalte de color palo de rosa.
Sin embargo hay un objeto que relaciono siempre con ella, y son las planchas de hierro que funcionaban con carbón. Ella tenía una que me prestaba para “planchar” la ropa de mis muñecos. Ahora, cuando he crecido todo lo que ella habría querido ver, reconozco el valor que ese objeto tenía para ella: Es una planchita única, es su prolongación en el tiempo.
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