Estoy escuchando música de Colombia, y revisando una y cien veces las fotos de las personas que conozco mejor que a mí: Mi familia. Es increíble pensar que necesito verla en fotos, como si no recordara cómo son, tal vez es tan fuerte el recuerdo, que necesito mirar más y más sus fotos para garantizarme en medio de este silencio, que existe.Hoy estoy llena de nostalgia, anhelando el clima de mi ciudad, una cena con los amigos, una caminata por la avenida, un jugo en la terraza de un bar… todo, todo lo que huele, sabe, y se percibe como Colombia.
Anhelando cosas tan superficiales como estar bailando en una discoteca de Armenia, y algo tan profundo como sentir un abrazo de mi madre. Van y vienen por mi mente los años, la vida, la juventud, la niñez, la imaginación de cómo era mi madre antes de tenerme… Me alcanza la mente hasta para ver lo que no he vivido, pero que tuvo un momento y un lugar en mi historia.
Veo las fotos de mi abuelo, y no sé si lo correcto sea estar aquí perdiéndome sus años… Cuánto tiempo más vivirá? Cuánto tiempo más estaré viviendo así?
Cada día salgo a esperar el autobús, y las calles de este pueblo se van desdibujando bajo mis pies, y aparecen los trazos de los andenes de mi barrio, sin inertes adoquines rojos, con los huecos propios del uso, con la vida del musgo creciendo entre cada unión, entre cada zanja… Y de pronto alzo la mirada y me doy cuenta que estoy en Barcelona, y trato de hacer una fusión entre las paredes de sus calles y las de mi ciudad, cierro los ojos, siento el aire y me transporto hasta mis raíces. Es una especie de ensoñación, me resulta como las escenas de las películas donde los personajes sueñan, y cada momento se vuelve tan real que no se puede distinguir qué es ficción.

Supongo que eso es lo que me sucede, no sé qué es real. Porque mi mente y mi vida están lejos, y mi hoy es tan ajeno que no hallo la manera de fundirme, de involucrarme, de ser su dueña. Soy una propietaria de ilusiones, de espejismos y de miles de líneas que reforman la realidad.
Cuando sólo me falta una calle para llegar a mi trabajo, veo una construcción, enmallada con una fibra verde, y dentro, por la voces, sé que hay obreros, que cantan felizmente “Cali pachanguero”, y se trastornan más mis ficciones y realidades… Dónde estoy? Me pregunto. Pero al terminar la calle y cruzar hacia mi empresa, comienza el silencio, ese que diferencia lo real de lo imaginario, ese que contiene la soledad, y que me devuelve a donde vivo físicamente.
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