miércoles, marzo 18, 2009

No me acostumbro

Algo a lo que no me he podido acostumbrar fuera de Colombia es a la rumba europea. Para nosotros, si no hay salsa, merengue o vallenato, simplemente no hay fiesta. Hablo por mi generación, quizás las más jóvenes estén acostumbradas a la música electrónica, a las fusiones de diversos géneros musicales, y puedan pasar una noche en una discoteca saltando con una cerveza en la mano.
Para mí es muy aburrido ir de rumba a una fiesta española o alemana, que para el caso es más o menos igual.
La primera vez que salí de fiesta en Barcelona me sorprendió ver a tantos grupos de hombres y mujeres solos, sin mezclarse. Toda la noche de pie, con una cerveza o cóctel (cubata) en la mano y simplemente moviéndose como estuviésen sentados en un barco, sin importar qué música sonara. Claro, que cuando escuchában música española del tipo Melendi, Héroes del Silencio, Jarabe de Palo, Estopa o Pereza, la actitud cambiaba y saltaban y saltaban -algunos abrazados- como si fuese un nuevo paso.
En Dresden, sucede básicamente lo mismo, la diferencia radica en que aquí hay el doble de hombres solos que en Barcelona, y en el invierno incluso menos mujeres que durante el verano. Pensaba en Colombia, donde las discotecas son llenas de mujeres solas, porque escasean los hombres solos...
Yo que estaba acostumbrada a la típica discoteca o bar con mesas y sillas para sentarse mientras no se quiere bailar, suponía que aquí -como nadie baila- pues con más razón deberían haber sillas... ¡Pues no!. Escasamente hay unas repartidas por el bar y otras pocas alrededor de la barra, así que toda la noche uno se la pasa de pie, sujetando el vaso o la botella de cerveza. Con esta motivación de permanecer cinco horas de pie sin bailar, qué pereza salir.

La comunidad latina

Existen las discotecas latinas, con nombres que permiten deducir que lo son, como: Juanchito, Habana, Agapito, Antilla, Bailamor o Martínez. Allí siempre está la mezcla de lo latino con lo nacional. Todos intentando bailar, los españoles y alemanes que han tomado clases o tenido una relación con algún latino, saben cómo enfrentar la pista (improvisada generalmente porque no existe como tal). Y otros simplemente asisten a conquistar, a ligar o aprender cómo son los pasos del otro lado del Atlántico.
Parecen ser los hombres españoles más "lanzados" que los alemanes. Estos últimos son más tímidos, pero son presa de abrazos y mujeres que les enseñan a mover la cadera si sujetan las suyas. Así se van acercando los continentes.
Nosotros bailamos como nos sale del cuerpo y esto a veces es difícil de entender para un alemán. Ellos siempre quieren una clase con número de pasos, después de cuántos debe darse una vuelta, o en qué momento se debe cambiar el paso. Me resulta complicado racionalizar algo que llevamos en la sangre, pero supongo que como me pasa a mí con el funky, para ellos es difícil bailar de manera improvisada un ritmo si no lo sienten.
Todos decimos que nuestra música es muy alegre, y quizás nos referimos sólo al ritmo, porque muchas letras hacen honor a la tristeza, el desamor o los deseos de venganza. Como comentaba Andreas -un amigo alemán- la semana pasada: "a mí me parecía música muy alegre, hasta que escuché con detenimiento la letra: "se murió mi compañera que tristeza, Alicia mi compañera qué dolor..." y la gente la canta con esa sonrisa como si fuera algo para alegrarse" y ejemplos como ese citó, la canción de salsa que dice "mátala, mátala, mátala no tiene corazón esa mujer". ¡Pues es verdad! nos sentimos orgullosos de nuestra música alegre, pero su letra no siempre lo es, supongo que sabemos vivir contentos aunque la realidad sea triste ¿no?

El atuendo

Sin duda algo que da un poco de vergüenza ajena, es ver las "pintas" con que asisten a estos sitios muchas latinoamericanas, intentado copiar el modelo europeo que casi nunca coincide con u fisionomía. Así, se ven muchas con kilos de más luciendo mini faldas y blusas ombligueras con el "neumático" afuera. Otras que parecen novias de traquetos con jeans de lentejuelas; gorras con marca a la vista, imitación de reconocidos diseñadores; sin contar la cantidad operadas, y que sobresalen en medio de una sociedad que valora más lo natural y el culto al cuerpo gracias a una dieta sana y al deporte.
Pero también sobresalen esas mujeres y hombres latinos que transmiten su alegría con su baile, que aprovechan la fiesta para lucir sus mejores vestidos y en el caso de Alemania, tienen la excusa de estar en un sitio cerrado para sacar del armario la percha que tienen guardada desde el verano anterior.

Cerrado
Es común en Colombia pedir una botella y copas para cuantos hay en la mesa, pero en estas tierras eso no se acostumbra. Siempre se pide una cerveza, un cubata (cóctel) o un chupito (copa pequeña de licor sin mezclas). Para la primera, el precio oscila entre los 2,50€ y 5€, para los segundos entre los 5€ y los 10€, y para los terceros unos 3€. Con estos precios es difícil emborracharse, pero el cansancio al final de la noche es el mismo: cinco horas de pie es como haber estado bailando, y si bailaste pues aún más.
A los clientes los despiden igual que en Colombia: encendiendo la luz, sobra esa tortura de las 3:00 a.m. cuando ponen rancheras o música de planchar para calmar la euforia.
El transporte público en Dresden funciona toda la noche, así que si debes regresar a casa en él, no tienes que pagar taxi. Contrario a Barcelona, donde el metro sólo funciona hasta las 2:00 a.m. los viernes, y los sábados, toda lo noche. Así ves gente corriendo a la 1:55 a.m. el viernes antes de quedarse sin metro, y tener que usar las rutas de autobuses nocturnos, que son más o menos un tour por la ciudad. Desde el centro de Barcelona hasta el pueblo donde vivía, me tardaba 45 minutos en llegar, cuando en tren sólo me gastaba 15 minutos. Y si no tienes la suerte de contar con un Nitbus que te deje cerca de casa, pues a pagar taxi se ha dicho o esperar a que sean las 6:00 a.m. y abran nuevamente las estaciones de metro.

De origen: Inmigrante

La incapacidad para identificarse con una cultura es quizá una de las limitaciones que más afecta a los inmigrantes. Según mi propia experiencia y la de gente que he conocido en una situación similar a la mía, eso es lo que más nos cuesta. Esto no quiere decir que no logremos adaptarnos, existe una adaptación al sistema, al orden establecido; una aceptación de la manera cómo se hacen las cosas; pero casi nunca una identificación con ello, más bien una resistencia.

No en vano el planteamiento de muchas películas en estos últimos años, alude a las fronteras y no sólo a las físicas y burocráticas, sino también a esas fronteras invisibles que crean resistencia en los inmigrantes: el racismo explícito e implícito; la desigualdad de oportunidades; la pérdida de derechos (que habían sido inherentes antes de salir de nuestros países), la adquisión de nuevos deberes; la ruptura (momentánea) con los lazos afectivos: la familia y el círculo de amigos.

Para mí, existen dos clases de inmigrantes (Aclaro que es mi opinión). Los primeros, generalmente no tienen formación profesional y son los que emigran en plan rebusque porque en sus países no tenían trabajo o tenían uno en condiciones precarias. Los segundos: Tenían un trabajo o no acorde a su profesión, pero quisieron salir para especializarse y/o buscar otros horizontes profesionales. No intento estereotipar, sólo caracterizar dos prototipos y cómo la realidad de ser inmigrante nos afecta de maneras aparentemente distintas.

Los primeros:
Edad: a partir de los 35 años
Objetivo: ahorrar, traerse a su familia (o ganar lo suficiente para tenerla bien en su tierra), comprar una casa en el país de origen, o un medio económico que le garantice estabilidad para cuando regrese: un negocio, un taxi, etc.
Situación legal: Casi siempre ilegales, sin permiso de trabajo.
Modo de vida: como la meta es ahorrar, la mayoría se abstiene de hacer cualquier gasto inncesario (comprar ropa, ir de paseo, comer en un restaurante). Están dispuestos a trabajar en lo que sea (de manera honesta), en horarios inhumanos, con 1 ó 2 trabajos a la vez y sin contrato. Viven para trabajar, posponen su vida para cuando tengan las cosas materiales deseadas: ese día podrán disfrutar de todo su esfuerzo.
Perseverancia: Poseen un umbral de perseverancia más alto. Quizá debido a la experiencia de vida acumulada. Son capaces de manternerse emocionalmente más estables, porque sus objetivos son tangibles, y por lo tanto son un motor para continuar.
Soporte emocional: Viven con su familia, han logrado traerla para trabajar juntos y ofrecerle una mejor vida a los hijos.

Los segundos:
Edad: a partir de los 24 años
Objetivo: estudiar, viajar y conseguir una buena oportunidad laboral
Situación legal: visa de estudiante (que no permite trabajar), y renovación anual de la misma, reuniendo una serie de documentos como extracto de calificaciones obtenidas, y extracto bancario de los últimos tres meses con dinero suficiente para sufragar los gastos del siguiente año.
Modo de vida: se interesan en adquirir cada vez más conocimientos (esto es aprovechar cuanta oportunidad se presente para aprender: becas, cursos de idiomas). Trabajan en lo que sea, sin contrato o como becarios, para alcanzar la meta de terminar sus estudios, conocer los países cercanos y disfrutar del nuevo país donde viven. Además de viajar a su país de origen cada año para visitar a la familia porque su visado se los permite.
Perseverancia: Poseen un umbral de perseverancia más bajo. Siempre se preguntan "¿qué hago aquí?" Sus objetivos son menos tangibles (un título, un certificado) y la esperanza de hallar un trabajo acorde a su formación.
Soporte emocional: Los nuevos amigos, pues estos inmigrantes son por lo general solteros, o matrimonios jóvenes que poseen esa libertad para ir a donde quieran.

A pesar de estas diferencias, ambos tenemos objetivos comunes como inmigrantes: obtener el permiso de trabajo (para mejorar las condiciones laborales) y después la nacionalidad (como una previsión para el futuro); y conseguir una estabilidad económica.
Como frustraciones, creo que compartimos: La dificultad para obtener los papeles, la sensación de no reconocimiento por parte de la sociedad (ser un inmigrante más), la falta de identidad respecto a la cultura, el sentimiento de desarraigo familiar y territorial, la constante evocación de los recuerdos y la mitificación del país de origen como por ejemplo cuando decimos: "Colombia es lo mejor".

Como dije anteriormente, esta es mi visión particular de los inmigrantes, del caso concreto que he conocido en España gracias a mis amigos. Los sentimientos de no identificación que aumentan conforme crecen los niveles de dificultad para comunicarse (como el idioma), esto último lo he vivido en Alemania. Tanto con los amigos de España como con los de Alemania, siempre que nos reunimos, hablamos de lo sorprendente que es la nueva cultura en que vivimos, pero también de todas las situaciones que hacen incompleto un proceso de aceptación e identificación con el nuevo hogar.

La Real Academia de la Lengua define la palabara inmigrante como: "Dicho del natural de un país: Llegar a otro para establecerse en él, especialmente con idea de formar nuevas colonias o domiciliarse en las ya formadas". Crear nuevas colonias o domiciliarse en las ya formadas nunca serán sinónimo de integración ni abarcará el concepto de identidad, y en ese sentido puedo entender porque somos y nos sentimos inmigrantes.