sábado, marzo 20, 2010

Nuestros dichos


A veces vienen a la mente recuerdos tan bien guardados que sólo se hacen presentes cuando por casualidad un tema llega a determinada conversación y entonces, salen de su escondite: Se convierten en una anécdota y descubre uno mismo ciertos personajes sin los cuales esa historia no tendría vida, sin los cuales nuestros dichos no tendrían sentido. Y uno se da cuenta de esto cuando se le escapa cierta frase y nadie la entiende, porque no está en el contexto indicado, entonces primero se debe contar la historia, recordar al personaje de donde emerge aquel dicho y ahí es cuando adquieren valor esas personas que están guardadas en nuestra memoria, pues de su comportamiento parten muchos de los referentes que tenemos ahora. (Esta entrada está dedicada a los vecinos de la 32 con 24, algunos ya muertos). 

"¡Eso! Don Tulio": Desde que lo conocí siempre fue anciano. Es extraño, pero nunca vi diferencia entre sus 76 y 90 años. Siempre me pareció igual. Era un hombre alto, que usaba sombrero, camisa blanca, pantalón gris y cinturón casi abrochado al cuello. De allí viene nuestro dicho cuando alguien lleva los pantalones un poco altos. Era el dueño de la tienda, ferretería, botica, casa de loterías. En un pequeño espacio este señor vendía desde cocadas hasta tornillos. Todo presentado en el mismo empaque: frasco grande de mayonesa. Hacer un inventario de su mercancía era una labor imposible, pero en su cabeza estaba el plano con la ubicación de todos sus productos. No sé cómo lograba hacer un control de stock en medio de tanta oscuridad y telarañas. Pero Don Tulio siempre tenía el tornillo que hacía falta, la disponibilidad para hacer un chance a última hora o vender una "yerbita"  para curar la gripa. Tenía este negocio por entretenimiento, no por necesidad. Apoyaba su silla contra el marco de la puerta de la entrada y allí se sentaba a esperar a sus clientes o a entablar conversación con quien pasara.

"¡Mmjjj! se parece a Merceditas": ella era la mujer de Don Tulio.  Pasó tanto tiempo asomada a la ventana, que en sus codos tenía callos, y no es exageración. Adquirió tanta destreza y éxito en su labor comunicativa que tenía un cojín acondicionado a su ventana, para no cansarse de los brazos. Su horario, al igual que el de su marido, empezaba a las 8:30 a.m. y terminaba a las 5:00 p.m. con una pausa a la hora del almuerzo. Algunas veces en sus faenas de la tarde, la acompaña su hija Eucaris.

Pero en esta habilidad comunicativa también competía con Doña Rosita y "la mamita". Así que nuestra comparación de "se parece a Merceditas" puede ser sustituida por los nombres de Rosita o "la mamita". La primera vivía casi en diagonal a Merceditas. Doña Rosita vivió hasta el 2009. Era una mujer bajita, de pelo negro, boca pequeña y uñas bien arregladas. Siempre estaba en la ventana intentando averiguar hacía dónde iba uno o de dónde venía. Si uno dudaba en llevar pan a casa porque otro miembro de la familia ya lo había comprado, ella podía sacarnos de la duda. "mmm su abuelo pasó con el pan", advertía ella. Si uno iba de afán, era mejor cambiar de acera para no quedar detenido en su retén de preguntas: "¿y su abuela cómo está?", "¿qué lleva en la bolsa?"... Pasar por su casa era camino obligado para llegar a la panadería, así,  cuando salíamos de casa, debíamos cruzar a casa de Don Tulio (que estaba en la esquina), pasar por la ventana de Merceditas (que todo lo miraba)  y luego cambiar a la ventana de Doña Rosita (que todo lo preguntaba). 

La que casi nunca tenía acceso a tanta información, por lo menos adquirida de fuentes de primera mano, era "la mamita" (todavía vive). Ella estaba en la dirección contraria a los otros. Por su casa casi nunca debíamos pasar, así que ella cumplía el papel de una cámara de video vigilancia: se sabía la placa de los carros que iban a casa, el color de la ropa de nuestros pretendientes, las horas de salida y llegada de nuestros invitados... Es una mujer de estatura media, pelo ensortijado y corto, nunca ha usado maquillaje, tiene un tono de voz como de quien cuenta un secreto y, a pesar de inventar grandes chismes, habla siempre en diminutivo, y se refiere a toda mujer como "mamita" de allí su apodo de "la mamita". Doña Ligia, como en verdad se llama, vende chances. Su casa siempre ha estado en una especie de subterráneo. Es paradójico que una mujer que siempre se interesó por "sacar" a la luz la vida privada de los otros, mantenga la suya tan protegida.

El dicho que quizás todos en mi familia repetimos, siempre, sin detenernos a pensar de dónde viene es "rebájele una papita doña Diva".