martes, noviembre 25, 2008

Cu-Lina-ria

En casa siempre se burlaron de mí, porque no sabía cocinar. La verdad es que nunca tuve intenciones de aprender, para impedir lo que advirtió Shakira en una entrevista: "el peor error de una mujer es entrar a la cocina, nunca vuelve a salir de allí".
Cuando me fui de Colombia sufrí mucho a causa de mi ignorancia culinaria. En mi país, uno puede permitirse comer menú (ejecutivo) casi todos los días, aun más si se vive solo -como fue mi caso en la época universitaria-. Para mí era más rentable pagar los almuerzos que cocinar, porque además de no saber preparar nada, debía hacer compras "menudiadas" y desplazamientos diarios hasta el supermercado, pues ¿Qué hacía yo sola con una docena de tomates esperándome en la nevera? y ni qué decir de las papas, que iban echando raíces en un cajón de la alacena.

La necesidad

En España, comer cada día fuera de casa es demasiado caro (9€ promedio), y personalmente encuentro que los víveres son más baratos que en Colombia. Así que hay una gran diferencia entre economía y calidad de alimentación, entre prepararse la propia comida o comprarla hecha. Y aquella opción que tenemos en Colombia de pagar un almuerzo en "casa de familia", no existe.
Sin embargo, muchas empresas españolas ofrecen "dietas", es decir, asumen el costo del almuerzo de sus empleados cada día. A quienes no reciben ese beneficio, se les ve con su tupper (porta) comiendo en el restaurante de la empresa o en un parque cuando hace buen tiempo, y luego tomándose un café en un bar cercano al sitio de trabajo.
Pues tuve la oportunidad de vivir las dos situaciones. La primera, aunque es cómoda, siempre me generó problemas gástricos; y la segunda, de hambre. Nunca sabía qué cocinarme para llevar al trabajo. Mis ex compañeros de piso, mucho tuvieron que ver en desarrollar mis habilidades culinarias: cada noche me explicaban recetas, y el cocinar juntos era una motivación para aprender, además de tener una buena charla.
En este aspecto, creo que uno de los factores más influyentes para ser "perezoso" a la hora de cocinar, es la soledad: Esmerarse en un plato para uno solo y además no tener la crítica de un comensal y mucho menos una compañía, es desalentador.
El primer día que me llevé la comida al trabajo, entendí porque casi todos los españoles salen de casa con una bolsita de Zara en su mano: ahí llevan el tupper con el almuerzo. Y luego venía la rutina de guardarla en la nevera de la empresa, intentar que cupiera en medio de 100 bolsitas más. Llegaba el medio día, y comenzaba la competencia escaleras abajo para llegar en primera posición a ocupar unos de los microondas, y no hacer la tediosa fila, esperando a que los colegas calentaran su menú.
Por fin, sentarme a comer, en medio de 100 olores diversos. Se confundían cebollas, pimientos, pescado, etc; conocí otras recetas y aumenté mi acervo culinario, además de almorzar -como pocas veces- acompañada.

¿Experta?
Pero mi máster lo obtuve cuando empecé a trabajar los fines de semana en la cocina de un restaurante, en el invierno de 2007. Yo que no sabía ni quitarle la cáscara a una papa, tenía que pelar cada noche un saco. Con ampolla en el dedo pulgar, y a una velocidad risible ante la habilidad de mis compañeras, logré en un mes, ser tan rápida como ellas e incluso más, hasta el punto de encargarme en el verano, de la plancha y la preparación de tortillas, que en un día normal no eran menos de 15.
Pues esos serían los entrantes en mi carrera de cocinera. Después, le tomé gusto a la cocina. Me di cuenta que no era necesario estar cuatro horas preparando un plato, que con máximo una hora, podía tener en la mesa un plato delicioso y nutritivo. Pero claro, en esto juega un papel muy importante la tradición gastronómica de un país, en Colombia ¡todo es tan elaborado!: que picado en cuadritos, que la salsa, que esto hervido, lo otro frito, lo otro crudo, etc. Mientras en Barcelona, se apuesta por la dieta mediterránea: disfrutar el sabor de los vegetales crudos, sólo aliñados con aceite de oliva, sal y pimienta; pescado a la plancha, papas cocidas, pasta hervida, verduras al horno, etc. (En el caso de la comida diaria).

El gusto
Otro de los factores que me impulsaron a cocinar, fueron los amigos. Siempre querían que les preparara un plato típico colombiano, para conocer a que sabía mi país. La ventaja de España, es que dada la cantidad de inmigrantes latinos que viven allí, se puede encontrar casi todo en los famosos "colmados": desde la arepa harina hasta una botella de Ron Viejo de Caldas.
Pues lo primero que aprendí a hacer fueron las arepas, luego el arroz con pollo, los fríjoles, y poco a poco me fui arriesgando a hacer realidad más recetas: lentejas, patacones, empanadas con ají, arroz con leche...
Para una mamá colombiana que lea ésto, puede no parecerle una gran hazaña, pero para mí, que escasamente sabía hervir una agua de panela, me siento orgullosa de haber aprendido y de haberme atrevido a cocinar no sólo para mí, sino para otros, porque de alguna manera la comida y los sabores, son un lazo de unión con la tierra y una manera de sentirse en casa a miles de kilómetros de distancia, con la única diferencia de que ahora nadie se burlaría de mi ignorancia, ni diría: "¿va a cocinar Lina?, ay no, ¡nos va a envenenar!"

lunes, noviembre 24, 2008

“Hay dos tipos de viajeros en la vida, aquellos que parten y aquellos que retornan, los primeros miran el mapa, los segundos miran al espejo…”

domingo, noviembre 23, 2008

Así me siento desde que empezó a nevar

domingo, noviembre 16, 2008

Recuerdo de un solo disparo

Estaba viendo una comedia francesa que terminó en nostalgia. No porque el guión así lo tuviera previsto, sino porque quien la veía fue sorprendida con la canción final. De pronto, sin aviso, a su mente se vinieron recuerdos de la niñez.
Una imagen concreta de baldosas vino tinto recién enceradas, paredes color hueso, la cortina blanca agitándose con el viento que entraba por la ventana de la sala, y en frente una mesa de centro con vidrio encima para que nadie fuera a manchar la madera. En la cocina, una mamá asando carne, y ese olor alcanzando el pasillo donde las tres niñas jugaban, mientras el papá escuchaba su música predilecta. "Y si tú no has de volver, dime por qué yo viviré" entonaba Joe Dassan, y como el subtexto de una película, sería la advertencia de que eso en realidad sucedería, con la diferencia que esas tres niñas y su madre, tuvieron muchas razones para vivir, a pesar del abandono.
Él era un hombre inteligente, excelente conversador, buen escritor. Rellenaba ágilmente crucigramas, incluso los más complejos como los publicados en Lecturas Dominicales de El Espectador. Siempre llevaba una pluma en el bolsillo de la camisa, y junto a ella una cajetilla de cigarrillos Marlboro o Royal. Sabía combinar perfectamente los colores de su ropa con sus zapatos, siempre olía bien - a alguna de sus colonias caras- a pesar de ser un hombre pobre; y en su armario se diferenciaba la ropa nueva de esa vieja levantadora beige que usaba desde que tenía conciencia.
Tenía tantos libros como si se tratase de una biblioteca. Oscar Wilde, Herman Hesse y Alvaro Mutis, eran sus autores favoritos. Producto de su desarrollado intelecto le gustaba predecir quién ganaría el Nobel de Literatura o el Príncipe de Asturias.
Era calvo, de estatura media, con una barriga que se asomaba por encima del cintrón. Tenía una nariz diminuta y perfecta; dientes pequeños bien alineados, y cuando estaba nervioso apretaba la boca o se rascaba la cabeza hasta sacarse sangre.
Tenía la sensibilidad necesaria para saber valorar un buen libro, una crónica periodística, una película o un documental.
Le gustaba preparar asados, y comer carne con chimichurri. También, hacer trampa en juegos de cartas, y ser el centro de atención en las reuniones gracias a sus chistes. No era buen bailador, pero sí buen cantante, y sabía silvar de manera armónica sus canciones favoritas. Le encantaba fotografiar arañas y pájaros, y a estos últimos les ponía bananos de "cebo" para capturarlos con su lente.
Su vida fue llena de contrastes: un hombre de clase baja "infiltrado" en la clase alta; sin educación escolar, pero con un bajage cultural inmenso; poco guapo, pero encantador; sensible pero incapaz de amar.
Quizá por esa esencia contrastante entre sus virtudes y defectos, sabía hacer fotografías espectaculares. El retrato fue su técnica preferida, por algo era considerado en su ciudad como uno de los mejores captando instantes de bodas, bautizos, cumpleaños y fiestas. Todos sus clientes le encargaban la labor de fotografiar a sus mujeres embarazadas y luego los primeros días de sus recién nacidos hijos. No era extraño encontrar fotos hechas por él en la casa de cualquier amigo, y se reconocía su autoría en cada una de ellas, aunque no llevara su firma estampada con letras doradas en el extremo inferior derecho de cada foto, como solía hacerlo.
Nunca dio explicaciones de su abandono. Se fue una tarde con su maleta. Sólo una carta, muchos años después llegó a manos de su hija mayor. Narraba su miserable infancia, y todas las dificultades que como hijo no reconocido por su padre había tenido que afrontar. Cualquiera pensaría que por esos antecedentes debió haber amado a sus hijas, pero si nunca tuvo amor, a lo mejor tampoco fue capaz de darlo. Como sus cámaras reflex, su comportamiento era un espejo en el que reflejaba lo que había visto a lo largo de sus años.

El detonante: http://es.youtube.com/watch?v=D3PedLskdi0

sábado, noviembre 15, 2008

Bio

Cuando lo conocí, me causó curiosidad que siempre llevaba un morral para empacar lo que compraba, y nunca quería que le dieran bolsa, daba igual que llevara 12 rollos de papel higiénico en la mano y a la vista. Al llegar a Alemania, me dí cuenta que era una práctica común: ir al supermercado y salir con las cosas en la mano, en una mochila o en una bolsa traída de casa. El objetivo: disminuir el consumo de bolsas plásticas, y en caso de necesitarla, pues pagar 3 céntimos al establecimiento para obtenerla.
Me sorprendió ver que él guardaba botellas de plástico y de vidrio usadas, y pensé si se trataba de un atisbo del síndrome de Diógenes. Entonces me explicó que por cada botella que entregaba al supermercado, le devolvían 8 ó 25 céntimos, según fuera de vidrio o de plástico, respectivamente.
Pues uno pensará, qué son 20 céntimos? pero si contamos la cantidad de cervezas que consume un alemán al mes, o simplemente con la cantidad de asados (barbacoas) que suelen hacerse durante la primavera y el verano, y la cantidad que amigos que se invitan, y que cada uno aporta cervezas, pues el número de botellas reunidas suman, de 20 en 20, una cifra significativa. Así, cuando vamos a mercar (hacer la compra), llevamos las botellas que tenemos, y a veces nos han llegado a devolver hasta 8€, lo que significa, 8€ menos gastados. Es un buen negocio, tanto para el cliente como para el medio ambiente.
Por eso no es raro, ver gente dedicada sólo a recoger botellas en sitios públicos, como en parques y lagos, y no es que estén por ahí abandonadas por sus dueños, ellos saben que de esa botella vive alguien. Así, los recicladores van con un carrito, recuperando envases. Claro! sólo en primavera o verano, porque en otoño e invierno pocos alemanes suelen ir a sentarse en las áreas verdes de la ciudad.

La comida
Aunque no puedo decir que me he vuelto vegetariana, porque como muchos alimentos derivados de animales -pero casi nunca carne-, existe una medida de control que a uno, como consumidor conciente del daño ambiental y del sufrimiento animal- le garantiza que los alimentos han sido producidos sin someter a actos de crueldad a estos compañeros de la naturaleza.
En los supermercados, bajo la etiqueta de Bio, se encuentran todo tipo de productos, desde vegetales hasta carnes. Y no es otra cosa que el rótulo para significar que esa mantequilla, queso o salchicha, ha sido producida con técnicas respetuosas hacia los animales, tanto en su crianza como en su aprovechamiento.
Aunque el precio influye al momento de comprar, pues los productos Bio y orgánicos son más caros, pienso que algo tiene que costarnos, el hacer un uso desmesurado de nuestros recursos.
En Alemania cada panal de huevos señala si proviene de "gallinas felices" o criadas en cautiverio (granjas industriales); con el pescado sucede igual, cada caja o bolsa lleva impresa una etiqueta informando que ese pescado fue obtenido haciendo un uso racional del recurso, sin explotar de manera irracional los ríos y océanos.
Por eso ir a hacer la compra con alguien que tenga conciencia ecológica es todo un proceso: verifica que todo lo que llevamos sea producido orgánicamente, que la comida sea lo más natural posible: cero conservantes, potenciadores de sabor, etc.
Sé que puede parecer radical, de hecho a mí me desesperaba esta actitud. Ahora entiendo por qué lo hacen. A lo mejor nosotros como consumidores no podamos frenar el deterioro y la destrucción de las fuentes de alimentación, ni la crueldad a la que son sometidas millones de gallinas, vacas y cerdos por satisfacer nuestros antojos. Pero comprar sin conciencia nos hace cómplices.

No apto para todos:
http://video.google.es/videoplay?docid=-7776202604288555272&ei=a9AdSe22I4Kw2gKV6LWABw&q=earthlings%20subtitulos%20espa%20ol&hl=es

miércoles, noviembre 12, 2008

Bache

Llevo mucho tiempo sin escribir. A lo mejor porque la vida en pareja convierte la de uno mismo en una vida más estable y tranquila. Sin embargo, creo que no he escrito básicamente porque en mi vida no pasa nada. Cansada ya de quejarme, y releyendo algunos de mis post en este blog, reconozco que me he sumergido muchas veces en la tristeza y la nostalgia. Y hoy no es la excepción. Constantemente me pregunto si estando aquí, he tomado la decisión correcta, no me refiero en estar aquí en Alemania, sino fuera de Colombia.
Llevo dos años sin ver a mi familia, y ahora que no tengo trabajo y ni un céntimo en el bolsillo, extraño esa posibilidad de ahorrar y pagarme mi billete con destino a Mi Casa.
Releyendo lo que escribí para mi cumpleaños número 29 (que se veía un cúmulo de frustración), ahora que llegaron los 30 continúa esa misma situación: de lo anhelado hace poco más de un año, he logrado tener el permiso de trabajo de España, y he encontrado el amor de mi vida. Carajo! si se dice así, parece que no debiera sentir frustración.
Pero llevo 5 meses haciendo casi nada: excepto el mes en que hice el curso de alemán, y el de vacaciones en Barcelona. Pero para una persona como yo, acostumbrada a trabajar y a valerse por sí misma, esta situación se torna deprimente, sumado a ello la burocracia de empezar un nuevo proceso de obtención de visa para continuar el curso de alemán y encontrar un trabajo.
Siempre pienso que ser colombiano es bueno sólo en Colombia, porque para el resto del mundo (Relaciones Diplomáticas) somos "no deseados".
Siempre me pregunto cómo hace la gente que triunfa en el extranjero, porque obviamente ese no es mi caso. He estudiado, viajado, encontrado los mejores amigos, visto paisajes sorprendentes, compartido culturas interesantes, pero esa satisfacción profesional que uno siente cuando se va a la cama y piensa "qué bien me quedó el trabajo", desde hace cuatro años no viene conmigo a pasar la noche.
Sigo buscando esa luz que le dé un sentido a mi vida. A veces creo que sólo puede estar dentro de mí, porque mudarse de ciudad, de país; cambiar de vida, de costumbres, no es un camino para hallarlo.

sábado, agosto 23, 2008

Si el silencio ha sido una constante ....

No es por que no te haya contado nada,
Si el olvido se pensó como una razón este te jugo una mala pasada,
A pesar de mis silencios pronunciados sigo firme.....

Espero que tus días pasen llenos de motivos para vivir, que tus sueños ya no lo sean por que hoy son realidades....

(El mensaje de mi amiga Martha Baquero)

sábado, julio 26, 2008

Una parte de la familia


Y bueno, se acabaron las vacaciones de Normita en Dresden. La dejamos en el aeropuerto, y cuando volvíamos a casa, sentí que “algo” se me quedaba, tal vez sus pasos tras nosotros o esa seguridad de mirar hacia cualquier lado y encontrar su cara. Para mí es muy difícil despedirme de ella, porque es mi único trozo de familia cerca, no la familia que lleva la misma sangre, sino la familia que comparte sueños, alegrías y tristezas. La familia que a veces llama para saber cómo me va la vida, o que escribe un email contando algo acerca de sus días.
Yo la miro tanto cuando estamos juntas, quizá porque se parece a mi madre, también porque trae su corazón impregnado de amor por nuestro sobrino, tiene recientes los recuerdos Colombia, y logra transmitirme esos sentimientos en cada conversación... es como un nexo con mi madre, con Elisa, Juanes, la Tía y mi abuelo.
Cuando se marcha, algo se queda vacío en mí, comienza esa nostalgia, y las repetidas preguntas: Vale la pena estar lejos de la familia toda la vida?
Y entonces, siguen unos días de “duelo”, y ese deseo inmenso de encontrarla nuevamente para sentirnos en familia.
Gracias Normita por regalarnos tu tiempo; por todo el amor y las atenciones que nos brindaste!

lunes, julio 14, 2008

Alemán hasta en la sopa

Hoy empecé mi curso intensivo de alemán. A las 7:00 a.m. en pie, después de 6 semanas durmiendo hasta las 10:00 a.m. Así que una ducha, el desayuno, y a levantarse para ir en bici hasta la escuela. Además de aprender alemán, dominaré por completo mi bicicleta: Iré a la academia y regresaré a casa en ella, recorriendo diariamente 15 Km en total (ida y vuelta).
Maravilloso el paseo a las 8:00 a.m., aire fresco, siempre por la ciclo ruta, y atravesando el Grosser Garten, el parque más grande de Dresden.
Llegamos justo a tiempo: a las 9:00 en punto. No aparecía en la lista de asistentes, así que la profe dijo que después de la pausa iríamos al aula que nos correspondía, es decir, a otro curso también de primer nivel que se impartía paralelamente.
Casi todos mis compañeros son asiáticos: coreanos, japoneses, taiwaneses, chinos. Hay un chico árabe, una mexicana y yo. Resulta paradójico que sus nombres sean tan cortos en comparación con las palabras alemanas que son famosas por su extensión. Así Yi, Yong, Yu (tres de mis compañeras) aprenden junto a mí palabras como: arbeitanweisungen.
Siempre mis amigos me preguntan: "Y cómo vas con el idioma?" yo digo que bien, porque considero que llevo muy poco tiempo, y desde hace un mes puedo hablar en alemán. Obviamente lo básico, y al estilo "indio", y sólo conjugando en presente, y haciendo un gran esfuerzo por recordar la gramática con que se conjuga el pasado.
Sin embargo, es muy alentador cuando me encuentro con amigos y se sorprenden de que pueda hablar y comprender lo que me dicen (cuando conozco las palabras y las tengo almacenadas en mi diccionario mental).
Ahora entiendo por qué para la mayoría de alemanes el español le resulta fácil, porque incluso ellos mismos consideran su idioma dificilísimo.
Recién llegada a Dresden podía hablar un poco de mi "fluído" inglés. Ahora me doy cuenta, que automáticamente mi cerebro se va acostumbrando a pensar en alemán, y palabras tan similares en las dos lenguas, se me trastocan. Por ejemplo: think y denken; and y und; friends y freunde; welcome y Willkommen... y así sucesivamente.
La mayoría de las personas tememos a la extensión de las palabras alemanas, lo cierto es que no existen palabras tan largas, sólo la combinación de varias para crear una nueva, como Wörterbuch: Wörter= Palabras y Buch=libro, como quien dice libro de palabras = diccionario.
No es mi idea dar una clase de alemán, pero sí explicar un poco todo lo nuevo que me traído el idioma: el tono al hablar; las nuevas letras: ü, ö, ä, ß; los nuevos sonidos de combinar dos o tres consonantes: sch, sp, st, ck... la sed que produce hablar y pronunciar las palabras que contienen esta fórmula; todos los sustantivos escritos con mayúscula inicial; los géneros femenino, masculino y neutro; y la famosa declinación (de la que aún no tengo ni idea).
La sesión terminó a la 1:15 p.m. (4 horas y 15 minutos). Nunca había asistido a una clase de idiomas, donde el profesor no hablara ni una pizca de español. Pero la sensación de poder comprender y perder la vergüenza para hablar es satisfactoria.
Luego, me subí a mi bicicleta, atravesé el parque, llegué a casa, y me sentí tan feliz de vivir esta nueva etapa! Una lección más para mi vida.

Las fotos en:
http://picasaweb.google.com/lipagoro78/Deutschkurs?authkey=d4UNLhNrfnM

martes, junio 24, 2008

Acomodándonos

No recuerdo como se llama este juego que encontramos en un cajón del escritorio, o mejor dicho nunca supe cuál era su nombre. Sólo sé que al verlo, a mi mente vinieron recuerdos de las mudanzas cuando era niña, y de cómo mi mamá pasaba mucho tiempo limpiado la nueva casa para que estuviéramos contentas. Siempre me pareció un poco exagerada en estas tareas de limpieza, pero ahora la entiendo perfectamente.
El 26 de mayo nos pasamos al nuevo piso. Durante una semana y media nos habíamos quedado en casa de una amiga. El traslado fue relativamente fácil, teniendo en cuenta que un amigo nos ayudó, y en realidad eran pocas las cosas que teníamos en casa de Juliane.
Mi primera impresión cuando vi el nuevo apartamento, fue de antipatía, pues no me gustaba: en un edificio viejo, y con la distribución interna a la antigua. Me encontré la ducha y el lavamanos en la cocina, y en un pequeño cuartito, el sanitario solo. Me explicaron que antes, los sanitarios y en general las áreas con suministro de agua estaban ubicadas en el espacio común de los vecinos para ser compartidas. Con los nuevos diseños y requerimientos habitacionales, los viejos pisos tuvieron que ser ajustados, y obviamente, en pocos metros más que diseñar, se tenía que improvisar.
Ante mi cara, me preguntaron si me gustaba, y por miedo a herir dije que sí, dando una espera a que pudiéramos organizarlo, aunque la realidad no daba para mucho. Pasados unos días tuve que confesar la verdad, y estuvimos de acuerdo en transformarlo a nuestro gusto, aunque ducharnos en la cocina y orinar en el cuartito aquel nunca cambiaría.
Dos semanas después, de limpiar toda la suciedad de la antigua inquilina, alquilamos una camioneta para traer todas las cosas resantes que estaban en casa de un tío.
Cuál fue mi sorpresa al ver que tenía desde un sofá hasta una cocina integral. Dije espontáneamente: "Ya te puedes casar", jajaja... la verdad que tenía tantas cosas: lámparas, sillas, tapetes, cuadros, mesas, etc, y con nuestro reducido espacio dónde íbamos a poner todo? Pues dudando un poco, montamos todo a la furgoneta, y ya decidiríamos en casa qué poner y qué guardar en el ático del edificio.
Pues como la foto de este juego de la niñez, se trataba de mover fichas y ajustarlas hasta que encajarán "lógicamente". A veces, olvido que todo se puede mejorar, pues fuimos solo mujeres en casa, y cada vez que algo faltaba por perfeccionar como arreglar conexiones eléctricas, estanterías, o taladrar orificios en la pared, debíamos esperar a contratar a un técnico para hacerlo, o a que uno de nuestros tíos tuviera tiempo para ayudarnos. Y por esa "ausencia" masculina, también ignoraba la cantidad de cables, herramientas, tornillos, conexiones y cositas útiles e inútiles que logra reunir un hombre a lo largo de su vida.

Finalmente organizamos todo a nuestro gusto. Él instaló su cocina, y en la única habitación que tenemos, se ingenió una linda manera para ubicar todos los muebles, creando dos ambientes: un mini estudio y el dormitorio (aún nos falta la cama).
Hicimos las repectivas visitas al Ikea (tienda estilo Home Center), para comprar lo que nos faltaba, sobre todo soluciones para guardar objetos ante el reducido espacio. Este fin de semana, cortaremos la madera para las divisiones del armario y la cocina, y antes de que finalice el verano, yo pelaré los marcos de las ventanas y las pintaré nuevamente... con ésto creo que queda listo nuestro piso.
La verdad que ahora me siento muy feliz en nuestra casa, hemos logrado encajar las fichas del juego!

El primer paseo en bicicleta

El medio de transporte preferido por los habitantes de Dresden es la bicicleta: para una sola persona, para dos, con accesorios para ajustarlas de acuerdo a cada necesidad y llevar a uno o dos niños; cargar con la compra o con la tienda de campaña.
Y bueno, para sentirse parte de la ciudad hay que tener una, no importa el modelo, pues además de no contaminar, puedes trasladarte rapidamente por este valle, hacer deporte y ahorrarte 1,80€ que cuesta el billete sencillo para ir en autobus o en tranvía.
Una amiga mexicana me regaló una de sus bicicletas, dijo que estaba viejita, pero si tiene cambios y no más de tres años de uso, creo que es joven. Después de bajarle el galápago, volvimos a casa en bici, yo, que desde hacía 18 años que no me subía en una. Pasados dos días, alguien me sugirió que hiciéramos un pequeño tour a lo largo del río hasta llegar a un lago. Me habló de 5 km, que para mí sonaban a „demasiado“, pero tenía la noche para descansar.
Los 5 km, fueron 22 km en realidad, sólo de ida, así que con el regreso serían 44 km. A pesar del cansancio, me sentía feliz de superar mis propias expectativas, pero cuando tomé la bici para regresar, sentí que las piernas no me daban para más. Y como si se tratase de la suerte de principiante a la inversa, el cielo empezó a oscurecerse, y yo diciéndome a mí misma "pedalea más rápido“, haciendo mi mayor intento para no ser alcanzada por la lluvia. Pero el sobre esfuerzo fue en vano: empezó un aguacero que incluyó granizo, y yo parada a un lado de la carretera, totalmente empapada, en shorts y camiseta de tirantes, protegida por una gorra y envuelta en mi impotencia para seguir o saltar la reja que ofrecía tras de sí un techo donde escamparnos. Y como una niña me puse a llorar.
Ahora me río de lo sucedido, pero es muy duro darse cuenta de las limitaciones que hemos creado por el miedo a "saltar" o al menos a intentarlo. La verdad que era demasiado pequeña para superarla, así que alguien me cargó para pasar al otro lado y esperamos a que cesara la lluvia. Regresamos en autobús, eran más de las 19:00h, así que podíamos subirnos con bicis. Llegamos a casa, y quedó por inaugurada la bicicleta.

miércoles, mayo 21, 2008

La estrategia del caracol

La estrategia del caracol no parace ser otra que la de llevar su casa a cuestas. Pero llevar la casa es algo más que lo netamente material, es cargar con las rutinas, las costumbres y los ritos del estar en ella: Despertar, comer, ducharse, dormir, hacer lo que uno quiera a la hora deseada. Esto podría ser lo más vanal, porque lo más profundo, cuando cargamos con nuestra casa a cuestas, es darnos cuenta de los apegos y de las necesidades que hemos creado en esas rutinas. Quizá esto fue lo que más me impactó del viaje que emprendimos el 12 de mayo.

Mi ropa estaba ya en Dresden desde hacia cerca de un mes, y en el viaje sólo podía llevar lo estrictamente necesario para siete días: tres pares de medias, cuatro camisetas, ocho tangas, un sujetador (es mejor no hacer cuentas de cuánta ropa tenía proporcionalmente por día); y el vestuario especial para ir en moto, adelándonos a la sorpresa que el clima nos pudiera dar. Pues ya me imaginarán con mi traje de motera: pantalón y chaqueta de cordura; pasamontañas, casco, guantes y botas.

Lo más fácil sería decir que los paisaje vistos fueron indescriptibles. Con ésto estaría abierta a interpretaciones particulares, pero los intentaré describir. El recorrido empezó en Barcelona, avanzando por la parte norte de Cataluña. Decidimos realizar el camino por carretera, por el deleite de disfrutar del panorama, y no por autopista a 120 kilómetros por hora, rodeados de coches, camiones y guardarrailes.

...Ver la Costa Brava en toda su magnitud, los miradores estratégicamente ubicados para que los ojos no pierdan la oportunidad de registrar la inmensidad del Mediterráneo...

Muchos cambios de temperatura, pero con la ropa adecuada, completamente manejable. Cada noche parábamos en un camping, después de recorrer por día un promedio de 250 kilómetros. Y como el caracol, con la casa a cuestas: armar la carpa, preparar la cena, los sacos de dormir y abrazarnos para recibir el siguiente día. En la mañana, desbaratar la casa, colgar la tienda en cualquier árbol, tendedero o cuerda para que se secara, pues el rocío además de ser una palabra peristente en la poesía, moja la carpa. Los sacos de dormir, también debíamos tenderlos. Y mientras el viento cumplía su tarea de secadora, nos duchábamos, hacíamos el desayuno; guardábamos la ropa de dormir y la comida en las tres maletas puestas en la moto.

...Entre la frontera de España y el sur de Francia comprobar de dónde proviene la fama mundial de productores de vinos, miles de hectáreas de viñedos mirando al mar, cobijándose bajo el cielo y respaldándose en una reconocida marca...

Desde el primer día, todo es una aventura, y para personas como yo, que como eslogan personal tenemos 'yo pienso', este viaje me suponía el pensar en mi vida, en lo que dejaba atrás, lo que me ataba a mi casa, a esa que uno lleva en el alma, la que no puede transportarse, la que lo define a uno.

Aceptar mis apegos a una ducha de agua tibia, una cama hecha, comida caliente al medio día, una llamada a la familia y un email a los amigos para que sepan que estoy bien. Descubrir que mis pertenencias no son más que dos maletas, y varias cajitas con libros que voy dejando a mi paso en casas de amigos y en la que fue mía en Barcelona; reconocer que no me dolió dejar a España, como sí a mi hermana que se quedaba allí.

...Hacia el norte, el comienzo de los alpes franceses, montañas imponentes cubiertas de nieve, ascendentes callejuelas de adoquines, que indican la presencia de un pueblo. Turistas contemplando la belleza del Mont Blanc...

A medida que avanzábamos por la carretera, me preguntaba: Si de Colombia me hubiera podido ir por partes, habría sido menos doloroso? porque si algo tuvo este viaje de Barcelona a Alemania, fue darme cuenta que cambiar de vida por etapas, un país distinto por día, hace más asumible la realidad. Se sabe todo lo que hay que caminar para llegar al destino.

...Suiza, sus alpes, mucha nieve y la sensación de insignificacia ante la magnitud de la naturaleza, de su poderío. Sentir la mirada fría de una cadena de montañas que nos absorbía a medida que nos sumergíamos en sus entrañas; descubrir pueblos -de no más de 20 casas y una iglesia- enclavados en la montaña...

En seis días recorrimos un total de 1.300 kilómetros; el último día, 700. Después de pasar la noche en Lindau y animados por llegar a casa tras ver una señal que decía: 'Dresden: 299 Km'- decidimos ir por autopista. Fue el día más duro del viaje, casi 12 horas haciendo pausas de 30 minutos, fue la única vez que llovió.

Y ahí supe lo que es ir liviano de equipaje, cuando las botas se me mojaron, y en medio del mal genio y los pies empapados, tuve que ponerme dos bolsas plásticas para evitar que entrara más agua. Comprendí qué es vivir con lo estrictamente necesario, aprovechar al máximo lo que se tiene a mano, convertir un cesped en comedor, una lata de pasta en un manjar, un envase de plástico en un termo para el café y un trozo de cartón en una tapa de olla.

Creo que esta es la libertad, la del espíritu. Mi casa que son los recuerdos de este viaje, de mi familia, ir pensándola en todo el trayecto y deseando que pudieran ver lo que yo vi, e imaginando cómo escribiría este relato para ella y mis amigos. Tal vez esta sea la estrategia del caracol: llevar consigo lo único que necesita para vivir.

lunes, enero 14, 2008