miércoles, febrero 24, 2010

La 32 con 24

Tenía un zaguán que era tan angosto como el ángulo que logran formar las piernas abiertas de un niño de 5 años, o al menos así lo medía yo cuando iba allí de vacaciones, manteniendo las manos en la cintura porque tenía prohibido apoyarlas en las paredes color blanco hueso.

Ella hablaba del quicio de la puerta, del guardaescobas, de los calados del corredor que sacudía cada día infaltablemente. Sobre el muro de un metro de alto que rodeaba el patio, contenía los calados y definía el corredor, estaban sus florecidas plantas, y casi rozándolas colgaban desde el techo sus frondosos helechos. No eran las plantas, eran sus matas. Cada día les esparcia agua con un atomizador y les hablaba como si fuesen personas. Solía abonarlas con cáscaras de huevo y darle brillo a las hojas con un poquito de mayonesa. Las baldosas del corredor eran de líneas oblicuas combinadas entre negro y blanco, y a mí me gustaba ponerme las gafas de aumento que pertenecían a ella, para tener la sensación de caminar encima de un suelo psicodélico.

Dentro, en las habitaciones, dispuestas a lo largo del corredor tras puertas verdes de madera con pequeños agujeros elaborados cuidadosamente por los comejenes, aparecía el suelo de anilina amarilla. Al final de la "pieza" estaba la ventana, que con sus vidrios de superficie rugosa sólo permitían ver las indescifrables sombras de quienes estaban en la calle.

El suelo de la sala estaba cubierto por una alfombra café claro, imitación piel de león, que combinaba con los muebles de madera en su tono natural, con los cojines rojos atravesados por un delgado tejido negro, la mesa de centro con vidrio para protegerla de manchas, dos ceniceros, la porcelana del caballo parado en sus dos patas traseras, las cortinas blancas con grabados de flores, la repisa que separaba la sala de la habitación contigua y que estaba colmada de porcelanas. En la parte inferior tenía un pequeño armario, cuyas puertas al correrse, hacían escapar el olor del aguardiente y del ron. Y justo, delante de esas puertas, como escondiendo el minibar, se encontraba aquella silla extraña que hoy sería considerada "silla de diseño": tenía en cada esquina un cojín y en el centro una mesa, y allí por muchos años estuvieron las porcelanas de los viejos, como los bautizó ella y como los recordamos todos. La vieja, sentada con un cesto sobre sus piernas y tejiendo; el viejo, en posición de loto y a lo mejor fumando?
El techo era alto, nunca se le llamo cielo raso, sino "peinemono". Para cambiar un bombillo se debía tener una escalera y un hombre alto a mano, aunque ella siempre decía "yo lo puedo hacer, no nací el día de los temblores". Pero cuando un bombillo se fundía, la verdad que tardaba en ser sustituído.

Antes de llegar al comedor, a mano izquierda estaba la entrada al patio, al lavadero, a la infancia. Todos fuimos bañados con manguera en el centro del patio, con las chanclas puestas y cuidado con pararse en la rejilla limpia pero " llena de infecciones" que era la boca del famoso sifón del patio, por donde se tiraba el agua sucia, las cucarachas muertas, y se colaba uno que otro pequeño ratón. Cerca, a 10 pasos estaba la casa de Pacha, la gata, en un hueco cavado sobre el único trozo de pared no estucado del patio y justo en la dirección contraria donde colgaban las jaulas con dos canarios y dos loritos azules que combinaban con los azulejos escogidos para cubrir la pared del lavadero, el lavadero mismo, y su tanque que sirvió de piscina para mis primos y yo, y de ducha de todos cuando cortaban el agua. Contiguo estaba un "lavederito", con grifo propio, y tentación de los primos pequeños que nunca alcazaron a abrir la llave del lavamanos o del lavaplatos. Siempre se oían los "cuidado que abre la llave del tanque chiquito".

Volviendo al corredor, estaba el comedor: mesa metálica, con imitación de mantel a cuadros pintado en la superficie; sillas del mismo material y cojines de cuero sintético rojo. Vigilante, en una pared, estaba el reloj con forma de sol, que a pesar de no emitir rayos de luz, arrojaba el paso del tiempo. Tras el arco estaba la cocina: con alacena de madera, puertas corredizas que ya casi no se deslizaban por la desgastada madera, el poyo de granito pulido, la gaveta amarilla con manijas de metal, donde guardaba esa maravillosa vajilla amarilla: platos ondos y pequeños ideales para servir el consomé con la patica de pollo asomada y llenar de felicidad a los nietos cada domingo. Y en un rincón, el esquinero blanco con puertas de cristal desde donde se podía ver la vajilla de porcelana, los portavasos estampados con motivos de naipe y la batidora con la que se preparaban las tortas de cumpleaños de toda la familia.
Nuevamente al comedor y a un costado, la habitación de los abuelos, esas cuatro paredes donde vivieron su felicidad y su propia tragedia, la que todavía ignoramos. La cama doble con cabecera de madera, el tendido de croché, el armario de puertas corredizas, el paquete de Coffe Delight y turrones Noe para los nietos. Las cortinas color mostaza, gruesas y aptas para la siesta de él y sus migrañas. La imagen de la sagrada familia, el reloj despertador, el Cristo de bronce y el peinador con el espejo de aumento sobre su mesa; los joyeritos, los tres cajones: para peinetas y cepillos; cosméticos; laca, algodón y talco para el cuerpo, respectivamente... los conocía bien, siempre me gustó esculcarlos.

Al salir de allí, de nuevo, otro pasillo, que conducía al cuarto de planchar y al baño. El baño era un su orgullo, porque para aquella época era ultra moderno y lo había construído ella "con mi propio esfuerzo": azulejos de flores azules en fondo blanco, mobiliario azul, espejo con borde ahumado, puertas de ducha corredizas y calentador de agua... como éste habían pocos, y era el lugar más moderno de la antigua casa. Desde el baño se podía escuchar la vida del patio: tres celosias de cristal lo aireaban y lo hacían un punto de comunicación con el exterior, mientras alguien se duchaba. Desde allí se podía pedir con un grito amable: "páseme el champú que dejé en el lavadero" (desde el día que quitaron el agua) o "traígame una toalla del patio".

Y al final, la útima pieza. Ese lugar de todos y de nadie. Hogar del bisabuelo Pablito, de la tía Josefita, de Olmita nuestra empleada; fue la habitación cómplice de la fantasía de la llegada del Niño Dios: su armario sirvió de escondite para regalos, y la mesa de planchar de escenario para que mis primos y yo cantáramos y bailáramos canciones de Paloma Sambasilio, Fama y cumbias colombianas. Allí también dormía el ventilador de aspas verdes, que se iluminaba de noche y nos servía de luces de discoteca aireando nuestra imaginación. Detrás de la puerta, cubierta por una tela, estaba la máquina de coser y dentro de ella, sobre los pedales, los retazos de tela que al igual que el ron y el aguardiente del "minibar" dejaba escapar su olor, su olor a hilos.
Esa fue la casa que me vio crecer, que me acogió por días durante la infancia, que me hizo sentir intrusa en la época de la adolescencia, que me dio un hogar para mi juventud, fue la casa donde utilicé la esperada "liberté teen", donde di mi primer beso, donde supe compartir con los vecinos -con lo bueno y malo que ello encierra-, fue la casa por la que todos mis amigos del colegio me recuerdan; fue la casa donde recibí mis primeras llamadas, a donde llegaron mis primeras cartas de amor, la casa donde vi a mi papá en la casa la última vez, la casa donde mi madre soñó con tener la suya propia, la casa donde imaginamos triunfar, donde vivió el espíritu de la navidad, donde fuimos y nos sentimos familia, fue la casa de mis abuelos y así será para siempre aunque ya no esté en la 32 con 24.

jueves, febrero 18, 2010

Replay

Abro los ojos lentamente. Veo las vigas que traman mi despertar. En días de optimismo, suelo descubrir nuevas formas, en días de soledad sólo me imagino que son un medio. El despertador suena cada cinco minutos después de la hora programada, como si insistiera en hacerme saber que hay un nuevo día, para mí sólo es uno que se prolonga, sempiterno.

Pongo el pie derecho en el suelo, la madera cruje y el otro pie aterriza desganado. Bajo las escaleras, tomó una ducha, me visto, abro las persianas -no hay luz- llevamos cuatro meses de invierno... Me hago un café y el aroma me recuerda lo que realmente he tenido y tengo en la vida a miles de kilómetros de distancia.

Camino 7 pasos y estoy en mi mesa de trabajo. Abro emails, me entero por el Facebook de la vida de mis amigos, hago zapping web y vuelvo a la bandeja de entrada de mi correo electrónico en el que no pasa nada, como en mi vida. Estoy ahí frente a mi lista de mensajes recibidos, esperando la entrada de uno nuevo que cambie mi vida: "su perfil encaja en nuestra oferta de trabajo" "se ha ganado usted una vuelta al mundo" "ha sido aceptada su solicitud de beca" "Oiga es hora de cambiar"... sueño mensajes ideales, imagino un futuro ideal... Siempre tengo un mensaje nuevo, que dice lo mismo: "mamita te amo mucho" y esas dos palabras madre, me dan la fuerza para enfrentar el día.

Como si fuesen flashes en una película, saco ilusiones momentáneas, hago autocompromisos de mantenerme alegre, aceptar mi presente, sacarle partido y esperar con paciencia. Pero como la persiana que abro cada mañana, por la que no se cuela ni un rayo de sol, abro mi interior y me doy cuenta que sólo hay nubosidad y tormenta, que no tengo una primavera ni un verano o al menos un otoño para darle a mi alma cansada. Estoy llena de un invierno inquietante, de esos en que toca cerrar con doble ventana porque un fuerte viento puede destrozar la casa, de esos que lanzan truenos, relámpagos; de esos donde pasan 2 semanas nevando y la sensación de tranquilidad solo se percibe si está en el hogar, porque de lo contrario es un congelamiento que hiela los pies, las manos, el alma...

Llega el medio día. Me preparo la comida -aun conservo el gusto por cocinarme algo saludable-, como y subo a mi habitación. Leo, hago una siesta, me duermo mirando la persiana sin luz. Una hora después suena el despertador. Bajo las escaleras, me cepillo los dientes, me peino un poco, doy siete pasos y estoy en mi mesa de trabajo. Abro emails, me entero de la vida de mis amigos en el Facebook, hago zapping web y vuelvo a la bandeja de entrada de mi correo electrónico en el que no pasa nada (BIS).

Son las 7 p.m., apago el computador. Doy siete pasos, llego a la cocina, tomo un vaso de agua y subo a mi habitación. Veo alguna película en mi portátil, intento que sean alegres, intento sentir que no estoy sola, chateo con algunos amigos... finalmente la pastilla hace efecto, las vigas son un medio.