martes, noviembre 25, 2008

Cu-Lina-ria

En casa siempre se burlaron de mí, porque no sabía cocinar. La verdad es que nunca tuve intenciones de aprender, para impedir lo que advirtió Shakira en una entrevista: "el peor error de una mujer es entrar a la cocina, nunca vuelve a salir de allí".
Cuando me fui de Colombia sufrí mucho a causa de mi ignorancia culinaria. En mi país, uno puede permitirse comer menú (ejecutivo) casi todos los días, aun más si se vive solo -como fue mi caso en la época universitaria-. Para mí era más rentable pagar los almuerzos que cocinar, porque además de no saber preparar nada, debía hacer compras "menudiadas" y desplazamientos diarios hasta el supermercado, pues ¿Qué hacía yo sola con una docena de tomates esperándome en la nevera? y ni qué decir de las papas, que iban echando raíces en un cajón de la alacena.

La necesidad

En España, comer cada día fuera de casa es demasiado caro (9€ promedio), y personalmente encuentro que los víveres son más baratos que en Colombia. Así que hay una gran diferencia entre economía y calidad de alimentación, entre prepararse la propia comida o comprarla hecha. Y aquella opción que tenemos en Colombia de pagar un almuerzo en "casa de familia", no existe.
Sin embargo, muchas empresas españolas ofrecen "dietas", es decir, asumen el costo del almuerzo de sus empleados cada día. A quienes no reciben ese beneficio, se les ve con su tupper (porta) comiendo en el restaurante de la empresa o en un parque cuando hace buen tiempo, y luego tomándose un café en un bar cercano al sitio de trabajo.
Pues tuve la oportunidad de vivir las dos situaciones. La primera, aunque es cómoda, siempre me generó problemas gástricos; y la segunda, de hambre. Nunca sabía qué cocinarme para llevar al trabajo. Mis ex compañeros de piso, mucho tuvieron que ver en desarrollar mis habilidades culinarias: cada noche me explicaban recetas, y el cocinar juntos era una motivación para aprender, además de tener una buena charla.
En este aspecto, creo que uno de los factores más influyentes para ser "perezoso" a la hora de cocinar, es la soledad: Esmerarse en un plato para uno solo y además no tener la crítica de un comensal y mucho menos una compañía, es desalentador.
El primer día que me llevé la comida al trabajo, entendí porque casi todos los españoles salen de casa con una bolsita de Zara en su mano: ahí llevan el tupper con el almuerzo. Y luego venía la rutina de guardarla en la nevera de la empresa, intentar que cupiera en medio de 100 bolsitas más. Llegaba el medio día, y comenzaba la competencia escaleras abajo para llegar en primera posición a ocupar unos de los microondas, y no hacer la tediosa fila, esperando a que los colegas calentaran su menú.
Por fin, sentarme a comer, en medio de 100 olores diversos. Se confundían cebollas, pimientos, pescado, etc; conocí otras recetas y aumenté mi acervo culinario, además de almorzar -como pocas veces- acompañada.

¿Experta?
Pero mi máster lo obtuve cuando empecé a trabajar los fines de semana en la cocina de un restaurante, en el invierno de 2007. Yo que no sabía ni quitarle la cáscara a una papa, tenía que pelar cada noche un saco. Con ampolla en el dedo pulgar, y a una velocidad risible ante la habilidad de mis compañeras, logré en un mes, ser tan rápida como ellas e incluso más, hasta el punto de encargarme en el verano, de la plancha y la preparación de tortillas, que en un día normal no eran menos de 15.
Pues esos serían los entrantes en mi carrera de cocinera. Después, le tomé gusto a la cocina. Me di cuenta que no era necesario estar cuatro horas preparando un plato, que con máximo una hora, podía tener en la mesa un plato delicioso y nutritivo. Pero claro, en esto juega un papel muy importante la tradición gastronómica de un país, en Colombia ¡todo es tan elaborado!: que picado en cuadritos, que la salsa, que esto hervido, lo otro frito, lo otro crudo, etc. Mientras en Barcelona, se apuesta por la dieta mediterránea: disfrutar el sabor de los vegetales crudos, sólo aliñados con aceite de oliva, sal y pimienta; pescado a la plancha, papas cocidas, pasta hervida, verduras al horno, etc. (En el caso de la comida diaria).

El gusto
Otro de los factores que me impulsaron a cocinar, fueron los amigos. Siempre querían que les preparara un plato típico colombiano, para conocer a que sabía mi país. La ventaja de España, es que dada la cantidad de inmigrantes latinos que viven allí, se puede encontrar casi todo en los famosos "colmados": desde la arepa harina hasta una botella de Ron Viejo de Caldas.
Pues lo primero que aprendí a hacer fueron las arepas, luego el arroz con pollo, los fríjoles, y poco a poco me fui arriesgando a hacer realidad más recetas: lentejas, patacones, empanadas con ají, arroz con leche...
Para una mamá colombiana que lea ésto, puede no parecerle una gran hazaña, pero para mí, que escasamente sabía hervir una agua de panela, me siento orgullosa de haber aprendido y de haberme atrevido a cocinar no sólo para mí, sino para otros, porque de alguna manera la comida y los sabores, son un lazo de unión con la tierra y una manera de sentirse en casa a miles de kilómetros de distancia, con la única diferencia de que ahora nadie se burlaría de mi ignorancia, ni diría: "¿va a cocinar Lina?, ay no, ¡nos va a envenenar!"

lunes, noviembre 24, 2008

“Hay dos tipos de viajeros en la vida, aquellos que parten y aquellos que retornan, los primeros miran el mapa, los segundos miran al espejo…”

domingo, noviembre 23, 2008

Así me siento desde que empezó a nevar

domingo, noviembre 16, 2008

Recuerdo de un solo disparo

Estaba viendo una comedia francesa que terminó en nostalgia. No porque el guión así lo tuviera previsto, sino porque quien la veía fue sorprendida con la canción final. De pronto, sin aviso, a su mente se vinieron recuerdos de la niñez.
Una imagen concreta de baldosas vino tinto recién enceradas, paredes color hueso, la cortina blanca agitándose con el viento que entraba por la ventana de la sala, y en frente una mesa de centro con vidrio encima para que nadie fuera a manchar la madera. En la cocina, una mamá asando carne, y ese olor alcanzando el pasillo donde las tres niñas jugaban, mientras el papá escuchaba su música predilecta. "Y si tú no has de volver, dime por qué yo viviré" entonaba Joe Dassan, y como el subtexto de una película, sería la advertencia de que eso en realidad sucedería, con la diferencia que esas tres niñas y su madre, tuvieron muchas razones para vivir, a pesar del abandono.
Él era un hombre inteligente, excelente conversador, buen escritor. Rellenaba ágilmente crucigramas, incluso los más complejos como los publicados en Lecturas Dominicales de El Espectador. Siempre llevaba una pluma en el bolsillo de la camisa, y junto a ella una cajetilla de cigarrillos Marlboro o Royal. Sabía combinar perfectamente los colores de su ropa con sus zapatos, siempre olía bien - a alguna de sus colonias caras- a pesar de ser un hombre pobre; y en su armario se diferenciaba la ropa nueva de esa vieja levantadora beige que usaba desde que tenía conciencia.
Tenía tantos libros como si se tratase de una biblioteca. Oscar Wilde, Herman Hesse y Alvaro Mutis, eran sus autores favoritos. Producto de su desarrollado intelecto le gustaba predecir quién ganaría el Nobel de Literatura o el Príncipe de Asturias.
Era calvo, de estatura media, con una barriga que se asomaba por encima del cintrón. Tenía una nariz diminuta y perfecta; dientes pequeños bien alineados, y cuando estaba nervioso apretaba la boca o se rascaba la cabeza hasta sacarse sangre.
Tenía la sensibilidad necesaria para saber valorar un buen libro, una crónica periodística, una película o un documental.
Le gustaba preparar asados, y comer carne con chimichurri. También, hacer trampa en juegos de cartas, y ser el centro de atención en las reuniones gracias a sus chistes. No era buen bailador, pero sí buen cantante, y sabía silvar de manera armónica sus canciones favoritas. Le encantaba fotografiar arañas y pájaros, y a estos últimos les ponía bananos de "cebo" para capturarlos con su lente.
Su vida fue llena de contrastes: un hombre de clase baja "infiltrado" en la clase alta; sin educación escolar, pero con un bajage cultural inmenso; poco guapo, pero encantador; sensible pero incapaz de amar.
Quizá por esa esencia contrastante entre sus virtudes y defectos, sabía hacer fotografías espectaculares. El retrato fue su técnica preferida, por algo era considerado en su ciudad como uno de los mejores captando instantes de bodas, bautizos, cumpleaños y fiestas. Todos sus clientes le encargaban la labor de fotografiar a sus mujeres embarazadas y luego los primeros días de sus recién nacidos hijos. No era extraño encontrar fotos hechas por él en la casa de cualquier amigo, y se reconocía su autoría en cada una de ellas, aunque no llevara su firma estampada con letras doradas en el extremo inferior derecho de cada foto, como solía hacerlo.
Nunca dio explicaciones de su abandono. Se fue una tarde con su maleta. Sólo una carta, muchos años después llegó a manos de su hija mayor. Narraba su miserable infancia, y todas las dificultades que como hijo no reconocido por su padre había tenido que afrontar. Cualquiera pensaría que por esos antecedentes debió haber amado a sus hijas, pero si nunca tuvo amor, a lo mejor tampoco fue capaz de darlo. Como sus cámaras reflex, su comportamiento era un espejo en el que reflejaba lo que había visto a lo largo de sus años.

El detonante: http://es.youtube.com/watch?v=D3PedLskdi0

sábado, noviembre 15, 2008

Bio

Cuando lo conocí, me causó curiosidad que siempre llevaba un morral para empacar lo que compraba, y nunca quería que le dieran bolsa, daba igual que llevara 12 rollos de papel higiénico en la mano y a la vista. Al llegar a Alemania, me dí cuenta que era una práctica común: ir al supermercado y salir con las cosas en la mano, en una mochila o en una bolsa traída de casa. El objetivo: disminuir el consumo de bolsas plásticas, y en caso de necesitarla, pues pagar 3 céntimos al establecimiento para obtenerla.
Me sorprendió ver que él guardaba botellas de plástico y de vidrio usadas, y pensé si se trataba de un atisbo del síndrome de Diógenes. Entonces me explicó que por cada botella que entregaba al supermercado, le devolvían 8 ó 25 céntimos, según fuera de vidrio o de plástico, respectivamente.
Pues uno pensará, qué son 20 céntimos? pero si contamos la cantidad de cervezas que consume un alemán al mes, o simplemente con la cantidad de asados (barbacoas) que suelen hacerse durante la primavera y el verano, y la cantidad que amigos que se invitan, y que cada uno aporta cervezas, pues el número de botellas reunidas suman, de 20 en 20, una cifra significativa. Así, cuando vamos a mercar (hacer la compra), llevamos las botellas que tenemos, y a veces nos han llegado a devolver hasta 8€, lo que significa, 8€ menos gastados. Es un buen negocio, tanto para el cliente como para el medio ambiente.
Por eso no es raro, ver gente dedicada sólo a recoger botellas en sitios públicos, como en parques y lagos, y no es que estén por ahí abandonadas por sus dueños, ellos saben que de esa botella vive alguien. Así, los recicladores van con un carrito, recuperando envases. Claro! sólo en primavera o verano, porque en otoño e invierno pocos alemanes suelen ir a sentarse en las áreas verdes de la ciudad.

La comida
Aunque no puedo decir que me he vuelto vegetariana, porque como muchos alimentos derivados de animales -pero casi nunca carne-, existe una medida de control que a uno, como consumidor conciente del daño ambiental y del sufrimiento animal- le garantiza que los alimentos han sido producidos sin someter a actos de crueldad a estos compañeros de la naturaleza.
En los supermercados, bajo la etiqueta de Bio, se encuentran todo tipo de productos, desde vegetales hasta carnes. Y no es otra cosa que el rótulo para significar que esa mantequilla, queso o salchicha, ha sido producida con técnicas respetuosas hacia los animales, tanto en su crianza como en su aprovechamiento.
Aunque el precio influye al momento de comprar, pues los productos Bio y orgánicos son más caros, pienso que algo tiene que costarnos, el hacer un uso desmesurado de nuestros recursos.
En Alemania cada panal de huevos señala si proviene de "gallinas felices" o criadas en cautiverio (granjas industriales); con el pescado sucede igual, cada caja o bolsa lleva impresa una etiqueta informando que ese pescado fue obtenido haciendo un uso racional del recurso, sin explotar de manera irracional los ríos y océanos.
Por eso ir a hacer la compra con alguien que tenga conciencia ecológica es todo un proceso: verifica que todo lo que llevamos sea producido orgánicamente, que la comida sea lo más natural posible: cero conservantes, potenciadores de sabor, etc.
Sé que puede parecer radical, de hecho a mí me desesperaba esta actitud. Ahora entiendo por qué lo hacen. A lo mejor nosotros como consumidores no podamos frenar el deterioro y la destrucción de las fuentes de alimentación, ni la crueldad a la que son sometidas millones de gallinas, vacas y cerdos por satisfacer nuestros antojos. Pero comprar sin conciencia nos hace cómplices.

No apto para todos:
http://video.google.es/videoplay?docid=-7776202604288555272&ei=a9AdSe22I4Kw2gKV6LWABw&q=earthlings%20subtitulos%20espa%20ol&hl=es

miércoles, noviembre 12, 2008

Bache

Llevo mucho tiempo sin escribir. A lo mejor porque la vida en pareja convierte la de uno mismo en una vida más estable y tranquila. Sin embargo, creo que no he escrito básicamente porque en mi vida no pasa nada. Cansada ya de quejarme, y releyendo algunos de mis post en este blog, reconozco que me he sumergido muchas veces en la tristeza y la nostalgia. Y hoy no es la excepción. Constantemente me pregunto si estando aquí, he tomado la decisión correcta, no me refiero en estar aquí en Alemania, sino fuera de Colombia.
Llevo dos años sin ver a mi familia, y ahora que no tengo trabajo y ni un céntimo en el bolsillo, extraño esa posibilidad de ahorrar y pagarme mi billete con destino a Mi Casa.
Releyendo lo que escribí para mi cumpleaños número 29 (que se veía un cúmulo de frustración), ahora que llegaron los 30 continúa esa misma situación: de lo anhelado hace poco más de un año, he logrado tener el permiso de trabajo de España, y he encontrado el amor de mi vida. Carajo! si se dice así, parece que no debiera sentir frustración.
Pero llevo 5 meses haciendo casi nada: excepto el mes en que hice el curso de alemán, y el de vacaciones en Barcelona. Pero para una persona como yo, acostumbrada a trabajar y a valerse por sí misma, esta situación se torna deprimente, sumado a ello la burocracia de empezar un nuevo proceso de obtención de visa para continuar el curso de alemán y encontrar un trabajo.
Siempre pienso que ser colombiano es bueno sólo en Colombia, porque para el resto del mundo (Relaciones Diplomáticas) somos "no deseados".
Siempre me pregunto cómo hace la gente que triunfa en el extranjero, porque obviamente ese no es mi caso. He estudiado, viajado, encontrado los mejores amigos, visto paisajes sorprendentes, compartido culturas interesantes, pero esa satisfacción profesional que uno siente cuando se va a la cama y piensa "qué bien me quedó el trabajo", desde hace cuatro años no viene conmigo a pasar la noche.
Sigo buscando esa luz que le dé un sentido a mi vida. A veces creo que sólo puede estar dentro de mí, porque mudarse de ciudad, de país; cambiar de vida, de costumbres, no es un camino para hallarlo.