miércoles, mayo 21, 2008

La estrategia del caracol

La estrategia del caracol no parace ser otra que la de llevar su casa a cuestas. Pero llevar la casa es algo más que lo netamente material, es cargar con las rutinas, las costumbres y los ritos del estar en ella: Despertar, comer, ducharse, dormir, hacer lo que uno quiera a la hora deseada. Esto podría ser lo más vanal, porque lo más profundo, cuando cargamos con nuestra casa a cuestas, es darnos cuenta de los apegos y de las necesidades que hemos creado en esas rutinas. Quizá esto fue lo que más me impactó del viaje que emprendimos el 12 de mayo.

Mi ropa estaba ya en Dresden desde hacia cerca de un mes, y en el viaje sólo podía llevar lo estrictamente necesario para siete días: tres pares de medias, cuatro camisetas, ocho tangas, un sujetador (es mejor no hacer cuentas de cuánta ropa tenía proporcionalmente por día); y el vestuario especial para ir en moto, adelándonos a la sorpresa que el clima nos pudiera dar. Pues ya me imaginarán con mi traje de motera: pantalón y chaqueta de cordura; pasamontañas, casco, guantes y botas.

Lo más fácil sería decir que los paisaje vistos fueron indescriptibles. Con ésto estaría abierta a interpretaciones particulares, pero los intentaré describir. El recorrido empezó en Barcelona, avanzando por la parte norte de Cataluña. Decidimos realizar el camino por carretera, por el deleite de disfrutar del panorama, y no por autopista a 120 kilómetros por hora, rodeados de coches, camiones y guardarrailes.

...Ver la Costa Brava en toda su magnitud, los miradores estratégicamente ubicados para que los ojos no pierdan la oportunidad de registrar la inmensidad del Mediterráneo...

Muchos cambios de temperatura, pero con la ropa adecuada, completamente manejable. Cada noche parábamos en un camping, después de recorrer por día un promedio de 250 kilómetros. Y como el caracol, con la casa a cuestas: armar la carpa, preparar la cena, los sacos de dormir y abrazarnos para recibir el siguiente día. En la mañana, desbaratar la casa, colgar la tienda en cualquier árbol, tendedero o cuerda para que se secara, pues el rocío además de ser una palabra peristente en la poesía, moja la carpa. Los sacos de dormir, también debíamos tenderlos. Y mientras el viento cumplía su tarea de secadora, nos duchábamos, hacíamos el desayuno; guardábamos la ropa de dormir y la comida en las tres maletas puestas en la moto.

...Entre la frontera de España y el sur de Francia comprobar de dónde proviene la fama mundial de productores de vinos, miles de hectáreas de viñedos mirando al mar, cobijándose bajo el cielo y respaldándose en una reconocida marca...

Desde el primer día, todo es una aventura, y para personas como yo, que como eslogan personal tenemos 'yo pienso', este viaje me suponía el pensar en mi vida, en lo que dejaba atrás, lo que me ataba a mi casa, a esa que uno lleva en el alma, la que no puede transportarse, la que lo define a uno.

Aceptar mis apegos a una ducha de agua tibia, una cama hecha, comida caliente al medio día, una llamada a la familia y un email a los amigos para que sepan que estoy bien. Descubrir que mis pertenencias no son más que dos maletas, y varias cajitas con libros que voy dejando a mi paso en casas de amigos y en la que fue mía en Barcelona; reconocer que no me dolió dejar a España, como sí a mi hermana que se quedaba allí.

...Hacia el norte, el comienzo de los alpes franceses, montañas imponentes cubiertas de nieve, ascendentes callejuelas de adoquines, que indican la presencia de un pueblo. Turistas contemplando la belleza del Mont Blanc...

A medida que avanzábamos por la carretera, me preguntaba: Si de Colombia me hubiera podido ir por partes, habría sido menos doloroso? porque si algo tuvo este viaje de Barcelona a Alemania, fue darme cuenta que cambiar de vida por etapas, un país distinto por día, hace más asumible la realidad. Se sabe todo lo que hay que caminar para llegar al destino.

...Suiza, sus alpes, mucha nieve y la sensación de insignificacia ante la magnitud de la naturaleza, de su poderío. Sentir la mirada fría de una cadena de montañas que nos absorbía a medida que nos sumergíamos en sus entrañas; descubrir pueblos -de no más de 20 casas y una iglesia- enclavados en la montaña...

En seis días recorrimos un total de 1.300 kilómetros; el último día, 700. Después de pasar la noche en Lindau y animados por llegar a casa tras ver una señal que decía: 'Dresden: 299 Km'- decidimos ir por autopista. Fue el día más duro del viaje, casi 12 horas haciendo pausas de 30 minutos, fue la única vez que llovió.

Y ahí supe lo que es ir liviano de equipaje, cuando las botas se me mojaron, y en medio del mal genio y los pies empapados, tuve que ponerme dos bolsas plásticas para evitar que entrara más agua. Comprendí qué es vivir con lo estrictamente necesario, aprovechar al máximo lo que se tiene a mano, convertir un cesped en comedor, una lata de pasta en un manjar, un envase de plástico en un termo para el café y un trozo de cartón en una tapa de olla.

Creo que esta es la libertad, la del espíritu. Mi casa que son los recuerdos de este viaje, de mi familia, ir pensándola en todo el trayecto y deseando que pudieran ver lo que yo vi, e imaginando cómo escribiría este relato para ella y mis amigos. Tal vez esta sea la estrategia del caracol: llevar consigo lo único que necesita para vivir.