martes, junio 24, 2008

Acomodándonos

No recuerdo como se llama este juego que encontramos en un cajón del escritorio, o mejor dicho nunca supe cuál era su nombre. Sólo sé que al verlo, a mi mente vinieron recuerdos de las mudanzas cuando era niña, y de cómo mi mamá pasaba mucho tiempo limpiado la nueva casa para que estuviéramos contentas. Siempre me pareció un poco exagerada en estas tareas de limpieza, pero ahora la entiendo perfectamente.
El 26 de mayo nos pasamos al nuevo piso. Durante una semana y media nos habíamos quedado en casa de una amiga. El traslado fue relativamente fácil, teniendo en cuenta que un amigo nos ayudó, y en realidad eran pocas las cosas que teníamos en casa de Juliane.
Mi primera impresión cuando vi el nuevo apartamento, fue de antipatía, pues no me gustaba: en un edificio viejo, y con la distribución interna a la antigua. Me encontré la ducha y el lavamanos en la cocina, y en un pequeño cuartito, el sanitario solo. Me explicaron que antes, los sanitarios y en general las áreas con suministro de agua estaban ubicadas en el espacio común de los vecinos para ser compartidas. Con los nuevos diseños y requerimientos habitacionales, los viejos pisos tuvieron que ser ajustados, y obviamente, en pocos metros más que diseñar, se tenía que improvisar.
Ante mi cara, me preguntaron si me gustaba, y por miedo a herir dije que sí, dando una espera a que pudiéramos organizarlo, aunque la realidad no daba para mucho. Pasados unos días tuve que confesar la verdad, y estuvimos de acuerdo en transformarlo a nuestro gusto, aunque ducharnos en la cocina y orinar en el cuartito aquel nunca cambiaría.
Dos semanas después, de limpiar toda la suciedad de la antigua inquilina, alquilamos una camioneta para traer todas las cosas resantes que estaban en casa de un tío.
Cuál fue mi sorpresa al ver que tenía desde un sofá hasta una cocina integral. Dije espontáneamente: "Ya te puedes casar", jajaja... la verdad que tenía tantas cosas: lámparas, sillas, tapetes, cuadros, mesas, etc, y con nuestro reducido espacio dónde íbamos a poner todo? Pues dudando un poco, montamos todo a la furgoneta, y ya decidiríamos en casa qué poner y qué guardar en el ático del edificio.
Pues como la foto de este juego de la niñez, se trataba de mover fichas y ajustarlas hasta que encajarán "lógicamente". A veces, olvido que todo se puede mejorar, pues fuimos solo mujeres en casa, y cada vez que algo faltaba por perfeccionar como arreglar conexiones eléctricas, estanterías, o taladrar orificios en la pared, debíamos esperar a contratar a un técnico para hacerlo, o a que uno de nuestros tíos tuviera tiempo para ayudarnos. Y por esa "ausencia" masculina, también ignoraba la cantidad de cables, herramientas, tornillos, conexiones y cositas útiles e inútiles que logra reunir un hombre a lo largo de su vida.

Finalmente organizamos todo a nuestro gusto. Él instaló su cocina, y en la única habitación que tenemos, se ingenió una linda manera para ubicar todos los muebles, creando dos ambientes: un mini estudio y el dormitorio (aún nos falta la cama).
Hicimos las repectivas visitas al Ikea (tienda estilo Home Center), para comprar lo que nos faltaba, sobre todo soluciones para guardar objetos ante el reducido espacio. Este fin de semana, cortaremos la madera para las divisiones del armario y la cocina, y antes de que finalice el verano, yo pelaré los marcos de las ventanas y las pintaré nuevamente... con ésto creo que queda listo nuestro piso.
La verdad que ahora me siento muy feliz en nuestra casa, hemos logrado encajar las fichas del juego!

El primer paseo en bicicleta

El medio de transporte preferido por los habitantes de Dresden es la bicicleta: para una sola persona, para dos, con accesorios para ajustarlas de acuerdo a cada necesidad y llevar a uno o dos niños; cargar con la compra o con la tienda de campaña.
Y bueno, para sentirse parte de la ciudad hay que tener una, no importa el modelo, pues además de no contaminar, puedes trasladarte rapidamente por este valle, hacer deporte y ahorrarte 1,80€ que cuesta el billete sencillo para ir en autobus o en tranvía.
Una amiga mexicana me regaló una de sus bicicletas, dijo que estaba viejita, pero si tiene cambios y no más de tres años de uso, creo que es joven. Después de bajarle el galápago, volvimos a casa en bici, yo, que desde hacía 18 años que no me subía en una. Pasados dos días, alguien me sugirió que hiciéramos un pequeño tour a lo largo del río hasta llegar a un lago. Me habló de 5 km, que para mí sonaban a „demasiado“, pero tenía la noche para descansar.
Los 5 km, fueron 22 km en realidad, sólo de ida, así que con el regreso serían 44 km. A pesar del cansancio, me sentía feliz de superar mis propias expectativas, pero cuando tomé la bici para regresar, sentí que las piernas no me daban para más. Y como si se tratase de la suerte de principiante a la inversa, el cielo empezó a oscurecerse, y yo diciéndome a mí misma "pedalea más rápido“, haciendo mi mayor intento para no ser alcanzada por la lluvia. Pero el sobre esfuerzo fue en vano: empezó un aguacero que incluyó granizo, y yo parada a un lado de la carretera, totalmente empapada, en shorts y camiseta de tirantes, protegida por una gorra y envuelta en mi impotencia para seguir o saltar la reja que ofrecía tras de sí un techo donde escamparnos. Y como una niña me puse a llorar.
Ahora me río de lo sucedido, pero es muy duro darse cuenta de las limitaciones que hemos creado por el miedo a "saltar" o al menos a intentarlo. La verdad que era demasiado pequeña para superarla, así que alguien me cargó para pasar al otro lado y esperamos a que cesara la lluvia. Regresamos en autobús, eran más de las 19:00h, así que podíamos subirnos con bicis. Llegamos a casa, y quedó por inaugurada la bicicleta.