Quiero compartir con ustedes algunas cosas que he pensado y visto acá:
Cuando el avión aterrizó en Madrid, supe que estaba en otro mundo, un lugar tan grande como para albergar a gentes de todos los rincones del planeta. En el aeropuerto de Barajas estuve sólo una hora y media y me bastó para ver en vivo y en directo los vestuarios exóticos que uno de niño creyó que eran sólo disfraces.
Cuando el avión aterrizó en Madrid, supe que estaba en otro mundo, un lugar tan grande como para albergar a gentes de todos los rincones del planeta. En el aeropuerto de Barajas estuve sólo una hora y media y me bastó para ver en vivo y en directo los vestuarios exóticos que uno de niño creyó que eran sólo disfraces.
Después de 10 horas de vuelo Bogotá-Madrid, más ocho esperando en El Dorado, una hora y media en Barajas, y una hora de vuelo Madrid-Barcelona, el azul del Mediterráneo y el cielo de “imágenes de muestra de computador” te despiertan a la fuerza. Pensé “Dios me arrojó al paraíso”.
Esta ciudad es hermosa. Los primeros días estuve conociendo sitios de “interés turístico”, lo que uno como extranjero debe saber que existe: El famoso paseo de La Rambla, la Villa Olímpica, La Plaza de Cataluña, Plaza España, las Fuentes Mágicas de Montjuic, La Pedrera, Paseo de Gracia, el Portal del Ángel, la Sagrada Familia… Y en cada lugar te topas con gente de todo el mundo. Vas por las calles sin saber quién eres, dónde estás, parece que confluyeran todas las razas en esta ciudad que siempre está de vacaciones, no sólo en el verano.
Hay mujeres altísimas, y entiendes por qué la moda se genera desde Europa, por qué ser delgado, alto y de piel blanca se ha convertido en un canon de belleza. Ante la estatura promedio de las colombianas: 1,60M, los 1,85 de las súper modelos que ves en la calle, te hacen entender por qué en la sección de farándula de los noticieros de nuestro país, el hecho que Natalia París aparezca en la portada de Maxim, Elle o Vogue es toda una hazaña.
Movilizarse en el transporte público de acá es otro cuento. Hay tren, tranvía, ferrocarril, autobús y metro. El mapa de estas líneas es sencillo, pero llegar a cada parada te hace sentir como el super agente 86: se abren puertas, se cierran otras, suenan alarmas que anuncian la apertura y cierre de puertas; en los televisores dispuestos en cada estación anuncian la llegada de cada transporte, y una voz española advierte –en castellano y catalán- la llegada del tren.
Toda la gente sabe en cuál subirse, y uno recién llegado mira la pantalla del tv, escucha la voz, corrobora con el mapa, sigue a quien está al lado. Te das cuenta de la honestidad de casi todos los habitantes, nadie te cobra el pasaje, pero tú debes ser un ciudadano y es tu deber marcar tu ticket en cada estación, así nadie vea si lo haces.
Toda la gente sabe en cuál subirse, y uno recién llegado mira la pantalla del tv, escucha la voz, corrobora con el mapa, sigue a quien está al lado. Te das cuenta de la honestidad de casi todos los habitantes, nadie te cobra el pasaje, pero tú debes ser un ciudadano y es tu deber marcar tu ticket en cada estación, así nadie vea si lo haces.
Acá comprar coca cola, tu ticket de transporte y otras “necesidades” de primera mano te las satisfacen las máquinas dispensadoras. Se siente eso que tantos pensadores de nuestros tiempos hablan del reemplazo del ser humano por máquinas, del anonimato que significa el vivir en una ciudad cosmopolita, del gris de las grandes urbes, pero también de la apertura mental de vivir en una ciudad europea, así España sea catalogada como el culo del continente.
Puedo decirles que me siento feliz de conocer otro país, de tener la oportunidad de compartir con otra gente. Pero cada día pienso en Colombia, en lo que dejé, en mi familia, en mis amigos, en ese calor que sólo da el sentirte parte de un lugar, esa pertenencia a tu tierra, a tu gente, al simple hecho de escuchar que alguien tiene tu mismo acento, que entiende tus palabras.
También me he dado cuenta, que el ser humano persigue siempre las mismas metas en la vida: sentirse amado, tener un empleo, ir de vacaciones, constituir una familia… Acá, a un océano de distancia, y siete horas de diferencia, la gente sufre por amor, pide préstamos, busca empleo, se obsesiona por estar en forma, busca compañía… Intenta hallar la felicidad.
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