A lo mejor se deslizó por la tubería de la chimenea (recientemente instalada y con un orificio entre el cielo raso y las tejas), se cansó de su casa sobre mi cama y decidió bajar, ¡Gran error!Al principio me pareció hermoso: mirándome, de color típico gris, orejas paradas, cola corta y no medía más de 7cm. Pero cuando decidió subir en el mesón de la cocina, zambullirse en las verduras, trepar por los platos, asomarse entre las ollas y descansar sobre los bananos, empecé a odiarlo. Sé que no encontraba la salida, por eso le abrí la puerta de mi casa, lo invité a irse, pero él, terco permanecía en la cocina.
Veía desde mi escritorio a este ratón perdido, trepaba por la pared, intentando llegar a mi habitación, y yo gritándole ¡No! Porque si entraba en mi cama como en mis platos, podía morirme de un infarto. Al menos mi voz lo hacía desistir de su objetivo pared arriba. Me daba lástima pensar que alguien debía matarlo (obviamente no yo) y así estuve en mi escritorio una hora hasta que sabía que mis vecinos se despertaban y uno de ellos podría venir a la cacería. Sé que era un ratón de campo: limpio, pequeño, con la ternura que puede producir un conejo pero con la fama de asco que tiene intrínseca el ser un ratón
A las 6:45 a.m. vino uno de mis vecinos. Lo arrinconó en la cocina y lo mató. Sólo escuché su triste llanto...
Yo sólo podía preguntarme: ¿Cuántas veces he estado en el lugar equivocado, buscando la salida en el sitio incorrecto, sintiéndome y viéndome tan pequeña, luchando infructuosamente por sobrepasar duras pruebas, eligiendo el camino más difícil como aquel ratón?
Algunas veces fui cazada por propia voluntad, y otras por voluntades ajenas... también me he sentido morir y he estado arrinconada... pero a diferencia del ratoncito he podido revivir y esta vez creo haber entrado por la puerta correcta: las señales se van dando y hay que estar atento para percibirlas. No es cuestión de inteligencia, es cuestión de instinto y de supervivencia.

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