jueves, febrero 18, 2010

Replay

Abro los ojos lentamente. Veo las vigas que traman mi despertar. En días de optimismo, suelo descubrir nuevas formas, en días de soledad sólo me imagino que son un medio. El despertador suena cada cinco minutos después de la hora programada, como si insistiera en hacerme saber que hay un nuevo día, para mí sólo es uno que se prolonga, sempiterno.

Pongo el pie derecho en el suelo, la madera cruje y el otro pie aterriza desganado. Bajo las escaleras, tomó una ducha, me visto, abro las persianas -no hay luz- llevamos cuatro meses de invierno... Me hago un café y el aroma me recuerda lo que realmente he tenido y tengo en la vida a miles de kilómetros de distancia.

Camino 7 pasos y estoy en mi mesa de trabajo. Abro emails, me entero por el Facebook de la vida de mis amigos, hago zapping web y vuelvo a la bandeja de entrada de mi correo electrónico en el que no pasa nada, como en mi vida. Estoy ahí frente a mi lista de mensajes recibidos, esperando la entrada de uno nuevo que cambie mi vida: "su perfil encaja en nuestra oferta de trabajo" "se ha ganado usted una vuelta al mundo" "ha sido aceptada su solicitud de beca" "Oiga es hora de cambiar"... sueño mensajes ideales, imagino un futuro ideal... Siempre tengo un mensaje nuevo, que dice lo mismo: "mamita te amo mucho" y esas dos palabras madre, me dan la fuerza para enfrentar el día.

Como si fuesen flashes en una película, saco ilusiones momentáneas, hago autocompromisos de mantenerme alegre, aceptar mi presente, sacarle partido y esperar con paciencia. Pero como la persiana que abro cada mañana, por la que no se cuela ni un rayo de sol, abro mi interior y me doy cuenta que sólo hay nubosidad y tormenta, que no tengo una primavera ni un verano o al menos un otoño para darle a mi alma cansada. Estoy llena de un invierno inquietante, de esos en que toca cerrar con doble ventana porque un fuerte viento puede destrozar la casa, de esos que lanzan truenos, relámpagos; de esos donde pasan 2 semanas nevando y la sensación de tranquilidad solo se percibe si está en el hogar, porque de lo contrario es un congelamiento que hiela los pies, las manos, el alma...

Llega el medio día. Me preparo la comida -aun conservo el gusto por cocinarme algo saludable-, como y subo a mi habitación. Leo, hago una siesta, me duermo mirando la persiana sin luz. Una hora después suena el despertador. Bajo las escaleras, me cepillo los dientes, me peino un poco, doy siete pasos y estoy en mi mesa de trabajo. Abro emails, me entero de la vida de mis amigos en el Facebook, hago zapping web y vuelvo a la bandeja de entrada de mi correo electrónico en el que no pasa nada (BIS).

Son las 7 p.m., apago el computador. Doy siete pasos, llego a la cocina, tomo un vaso de agua y subo a mi habitación. Veo alguna película en mi portátil, intento que sean alegres, intento sentir que no estoy sola, chateo con algunos amigos... finalmente la pastilla hace efecto, las vigas son un medio.

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