Me encanta la naturaleza, de hecho había anhelado vivir en un lugar como este: rodeado de montañas, con el río a un costado, el canto de los pájaros, la lluvia intempestiva en las noches, insectos, uno que otro animal, bosques poblados y vecinos que me proporcionaran alimentos producidos en sus huertas.Instalarme aquí me ha costado mucha paciencia. Quizás esa es una de las lecciones que debo aprender porque soy su antónimo hecho persona. Arañas con patas de nylon, casi imperceptibles, y otras peludas (tamaño normal para no causar pánico) fueron trepando por mi cama; picaduras en las piernas, brazos y espalda me hicieron sentir como una instrusa. Esta cabaña estuvo deshabitada dos años, y se convirtió en el albergue de caracoles, moscas, pulgas, nidos de pájaros, moscas, gusanos, hormigas y ratones. Estos últimos viven en el techo: entre las tejas y el cielo raso.
Así que tristemente tuve que eliminar telarañas, espantar hormigas con sal y fumigar para que las arañas no se convirtieran en mi verdugo. Hoy, ya casi nadie queda, excepto las moscas y yo, y el ratón que cada noche hace su cama sobre la mía. Y es que ocupar una casa vacía es como empezar una vida, otra vida: limpiar telerañas que nos hacen sentir atrapados, matar moscas que rondan por la cabeza, fumigar arañas que nos persiguen en noches de insomnio y dormir con ratones que aunque nos producen miedo con su rasguñar en la madera, nos hacen conocer lo valientes que podemos llegar a ser.
Esta mañana encontré tres caracoles hibernando en mis ollas. Los tomé con suavidad, comprobé que no fueran sólo sus corazas y al ver que estaban allá dentro guardaditos, salí y los pegué en la fachada de casa. Pensé: ¡si así de fácil fuera mudarnos cuando estamos en el lugar equivocado, y adaptarnos al nuevo! si alguien nos enseñara cuál es el sitio correcto...
Esta nueva casa en la que vivo, me ha hecho pensar que en toda convivencia es necesaria la tolerancia y por lo tanto la aceptación de la manera de ser del otro, del caracol que se equivoca de hábitat y, en mi caso, la tolerancia hacia mí misma, aprendiendo a conocerme, porque en esta casa -excepto los insectos- no habito más que yo.
Y quizá el miedo a la soledad sea ese: enfrentarse a uno mismo, no tener distracciones que lo aislen del propio sentir, más relaciones que hagan aflorar el ser sociable que llevamos dentro... la soledad implica estar en silencio y entablar conversaciones con uno mismo, y darse cuenta de cuán molesta, simpática, patética, sensible o insoportable puedo resultar para mí. Y en ese escuchar también conocer lo que siente el interior, sus necesidades, sus temores, sus aficiones, sus sueños... inventar maneras para no aburrirse, valorar las comodidades de la ciudad, la tranquilidad del campo, aceptar las limitaciones de la vida rural y aprender a sortearlas con paciencia.
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