domingo, noviembre 16, 2008

Recuerdo de un solo disparo

Estaba viendo una comedia francesa que terminó en nostalgia. No porque el guión así lo tuviera previsto, sino porque quien la veía fue sorprendida con la canción final. De pronto, sin aviso, a su mente se vinieron recuerdos de la niñez.
Una imagen concreta de baldosas vino tinto recién enceradas, paredes color hueso, la cortina blanca agitándose con el viento que entraba por la ventana de la sala, y en frente una mesa de centro con vidrio encima para que nadie fuera a manchar la madera. En la cocina, una mamá asando carne, y ese olor alcanzando el pasillo donde las tres niñas jugaban, mientras el papá escuchaba su música predilecta. "Y si tú no has de volver, dime por qué yo viviré" entonaba Joe Dassan, y como el subtexto de una película, sería la advertencia de que eso en realidad sucedería, con la diferencia que esas tres niñas y su madre, tuvieron muchas razones para vivir, a pesar del abandono.
Él era un hombre inteligente, excelente conversador, buen escritor. Rellenaba ágilmente crucigramas, incluso los más complejos como los publicados en Lecturas Dominicales de El Espectador. Siempre llevaba una pluma en el bolsillo de la camisa, y junto a ella una cajetilla de cigarrillos Marlboro o Royal. Sabía combinar perfectamente los colores de su ropa con sus zapatos, siempre olía bien - a alguna de sus colonias caras- a pesar de ser un hombre pobre; y en su armario se diferenciaba la ropa nueva de esa vieja levantadora beige que usaba desde que tenía conciencia.
Tenía tantos libros como si se tratase de una biblioteca. Oscar Wilde, Herman Hesse y Alvaro Mutis, eran sus autores favoritos. Producto de su desarrollado intelecto le gustaba predecir quién ganaría el Nobel de Literatura o el Príncipe de Asturias.
Era calvo, de estatura media, con una barriga que se asomaba por encima del cintrón. Tenía una nariz diminuta y perfecta; dientes pequeños bien alineados, y cuando estaba nervioso apretaba la boca o se rascaba la cabeza hasta sacarse sangre.
Tenía la sensibilidad necesaria para saber valorar un buen libro, una crónica periodística, una película o un documental.
Le gustaba preparar asados, y comer carne con chimichurri. También, hacer trampa en juegos de cartas, y ser el centro de atención en las reuniones gracias a sus chistes. No era buen bailador, pero sí buen cantante, y sabía silvar de manera armónica sus canciones favoritas. Le encantaba fotografiar arañas y pájaros, y a estos últimos les ponía bananos de "cebo" para capturarlos con su lente.
Su vida fue llena de contrastes: un hombre de clase baja "infiltrado" en la clase alta; sin educación escolar, pero con un bajage cultural inmenso; poco guapo, pero encantador; sensible pero incapaz de amar.
Quizá por esa esencia contrastante entre sus virtudes y defectos, sabía hacer fotografías espectaculares. El retrato fue su técnica preferida, por algo era considerado en su ciudad como uno de los mejores captando instantes de bodas, bautizos, cumpleaños y fiestas. Todos sus clientes le encargaban la labor de fotografiar a sus mujeres embarazadas y luego los primeros días de sus recién nacidos hijos. No era extraño encontrar fotos hechas por él en la casa de cualquier amigo, y se reconocía su autoría en cada una de ellas, aunque no llevara su firma estampada con letras doradas en el extremo inferior derecho de cada foto, como solía hacerlo.
Nunca dio explicaciones de su abandono. Se fue una tarde con su maleta. Sólo una carta, muchos años después llegó a manos de su hija mayor. Narraba su miserable infancia, y todas las dificultades que como hijo no reconocido por su padre había tenido que afrontar. Cualquiera pensaría que por esos antecedentes debió haber amado a sus hijas, pero si nunca tuvo amor, a lo mejor tampoco fue capaz de darlo. Como sus cámaras reflex, su comportamiento era un espejo en el que reflejaba lo que había visto a lo largo de sus años.

El detonante: http://es.youtube.com/watch?v=D3PedLskdi0

3 comentarios:

  1. no sé que decir, cada detalle de él fue como mirar casi su retrato impreso, yo recuerdo su pantaloneta caida caminando por la casa un fin de semana; cómo la radio era su somnifero preferido y lo ponia en su barriga mientras roncaba, su olor a cigarrillo y a perfume caro (como tu lo dices), la manera en que nos nombraba por nuestros completos o por apodos que no nos gustaban, su vodka con naranja, las gafas puestas en la punta de la nariz y sus serenatas en tiempos de conflicto. Por lo menos tenemos su recuerdo y algo de él en cada una, quizas por eso aún seguimos pensando en él.

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  2. Como la fotografía, cada una tiene sus ángulos desde donde mirar y sacar el mejor retrato... tu ángulo sin duda, completa esta panorámica.

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  3. Anónimo5.2.12

    Lo puedes entender, estoy llorando

    José Gómez

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