En casa siempre se burlaron de mí, porque no sabía cocinar. La verdad es que nunca tuve intenciones de aprender, para impedir lo que advirtió Shakira en una entrevista: "el peor error de una mujer es entrar a la cocina, nunca vuelve a salir de allí".
Cuando me fui de Colombia sufrí mucho a causa de mi ignorancia culinaria. En mi país, uno puede permitirse comer menú (ejecutivo) casi todos los días, aun más si se vive solo -como fue mi caso en la época universitaria-. Para mí era más rentable pagar los almuerzos que cocinar, porque además de no saber preparar nada, debía hacer compras "menudiadas" y desplazamientos diarios hasta el supermercado, pues ¿Qué hacía yo sola con una docena de tomates esperándome en la nevera? y ni qué decir de las papas, que iban echando raíces en un cajón de la alacena.
La necesidad
En España, comer cada día fuera de casa es demasiado caro (9€ promedio), y personalmente encuentro que los víveres son más baratos que en Colombia. Así que hay una gran diferencia entre economía y calidad de alimentación, entre prepararse la propia comida o comprarla hecha. Y aquella opción que tenemos en
Colombia de pagar un almuerzo en "casa de familia", no existe.
Sin embargo, muchas empresas españolas ofrecen "dietas", es decir, asumen el costo del almuerzo de sus empleados cada día. A quienes no reciben ese beneficio, se les ve con su tupper (porta) comiendo en el restaurante de la empresa o en un parque cuando hace buen tiempo, y luego tomándose un café en un bar cercano al sitio de trabajo.
Pues tuve la oportunidad de vivir las dos situaciones. La primera, aunque es cómoda, siempre me generó problemas gástricos; y la segunda, de hambre. Nunca sabía qué cocinarme para llevar al trabajo. Mis ex compañeros de piso, mucho tuvieron que ver en desarrollar mis habilidades culinarias: cada noche me explicaban recetas, y el cocinar juntos era una motivación para aprender, además de tener una buena charla.
En este aspecto, creo que uno de los factores más influyentes para ser "perezoso" a la hora de cocinar, es la soledad: Esmerarse en un plato para uno solo y además no tener la críti
ca de un comensal y mucho menos una compañía, es desalentador.
El primer día que me llevé la comida al trabajo, entendí porque casi todos los españoles salen de casa con una bolsita de Zara en su mano: ahí llevan el tupper con el almuerzo. Y luego venía la rutina de guardarla en la nevera de la empresa, intentar que cupiera en medio de 100 bolsitas más. Llegaba el medio día, y comenzaba la competencia escaleras abajo para llegar en primera posición a ocupar unos de los microondas, y no hacer la tediosa fila, esperando a que los colegas calentaran su menú.
Por fin, sentarme a comer, en medio de 100 olores diversos. Se confundían cebollas, pimientos, pescado, etc; conocí otras recetas y aumenté mi acervo culinario, además de almorzar -como pocas veces- acompañada.
¿Experta?
Pero mi máster lo obtuve cuando empecé a trabajar los fines de semana en la cocina de un restaurante, en el invierno de 2007. Yo que no sabía ni quitarle la cáscara a una papa, tenía que pelar cada noche un saco. Con ampolla en el dedo pulgar, y a una velocidad risible ante la habilidad de mis compañeras, logré en un mes, ser tan rápida como ellas e incluso más, hasta el punto de encargarme en el verano, de la plancha y la preparación de tortillas, que en un día normal no eran menos de 15.
Pues esos serí
an los entrantes en mi carrera de cocinera. Después, le tomé gusto a la cocina. Me di cuenta que no era necesario estar cuatro horas preparando un plato, que con máximo una hora, podía tener en la mesa un plato delicioso y nutritivo. Pero claro, en esto juega un papel muy importante la tradición gastronómica de un país, en Colombia ¡todo es tan elaborado!: que picado en cuadritos, que la salsa, que esto hervido, lo otro frito, lo otro crudo, etc. Mientras en Barcelona, se apuesta por la dieta mediterránea: disfrutar el sabor de los vegetales crudos, sólo aliñados con aceite de oliva, sal y pimienta; pescado a la plancha, papas cocidas, pasta hervida, verduras al horno, etc. (En el caso de la comida diaria).
El gusto
Otro de los factores que me impulsaron a cocinar, fueron los amigos. Siempre querían que les preparara un plato típico colombiano, para conocer a que sabía mi país. La ventaja de España, es que dada la cantidad de inmigrantes latinos que viven allí, se puede encontrar casi todo
en los famosos "colmados": desde la arepa harina hasta una botella de Ron Viejo de Caldas.
Pues lo primero que aprendí a hacer fueron las arepas, luego el arroz con pollo, los fríjoles, y poco a poco me fui arriesgando a hacer realidad más recetas: lentejas, patacones, empanadas con ají, arroz con leche...
Para una mamá colombiana que lea ésto, puede no parecerle una gran hazaña, pero para mí, que escasamente sabía hervir una agua de panela, me siento orgullosa de haber aprendido y de haberme atrevido a cocinar no sólo para mí, sino para otros, porque de alguna manera la comida y los sabores, son un lazo de unión con la tierra y una manera de sentirse en casa a miles de kilómetros de distancia, con la única diferencia de que ahora nadie se burlaría de mi ignorancia, ni diría: "¿va a cocinar Lina?, ay no, ¡nos va a envenenar!"
La necesidad
En España, comer cada día fuera de casa es demasiado caro (9€ promedio), y personalmente encuentro que los víveres son más baratos que en Colombia. Así que hay una gran diferencia entre economía y calidad de alimentación, entre prepararse la propia comida o comprarla hecha. Y aquella opción que tenemos en
Colombia de pagar un almuerzo en "casa de familia", no existe.Sin embargo, muchas empresas españolas ofrecen "dietas", es decir, asumen el costo del almuerzo de sus empleados cada día. A quienes no reciben ese beneficio, se les ve con su tupper (porta) comiendo en el restaurante de la empresa o en un parque cuando hace buen tiempo, y luego tomándose un café en un bar cercano al sitio de trabajo.
Pues tuve la oportunidad de vivir las dos situaciones. La primera, aunque es cómoda, siempre me generó problemas gástricos; y la segunda, de hambre. Nunca sabía qué cocinarme para llevar al trabajo. Mis ex compañeros de piso, mucho tuvieron que ver en desarrollar mis habilidades culinarias: cada noche me explicaban recetas, y el cocinar juntos era una motivación para aprender, además de tener una buena charla.
En este aspecto, creo que uno de los factores más influyentes para ser "perezoso" a la hora de cocinar, es la soledad: Esmerarse en un plato para uno solo y además no tener la críti
ca de un comensal y mucho menos una compañía, es desalentador.El primer día que me llevé la comida al trabajo, entendí porque casi todos los españoles salen de casa con una bolsita de Zara en su mano: ahí llevan el tupper con el almuerzo. Y luego venía la rutina de guardarla en la nevera de la empresa, intentar que cupiera en medio de 100 bolsitas más. Llegaba el medio día, y comenzaba la competencia escaleras abajo para llegar en primera posición a ocupar unos de los microondas, y no hacer la tediosa fila, esperando a que los colegas calentaran su menú.
Por fin, sentarme a comer, en medio de 100 olores diversos. Se confundían cebollas, pimientos, pescado, etc; conocí otras recetas y aumenté mi acervo culinario, además de almorzar -como pocas veces- acompañada.
¿Experta?

Pero mi máster lo obtuve cuando empecé a trabajar los fines de semana en la cocina de un restaurante, en el invierno de 2007. Yo que no sabía ni quitarle la cáscara a una papa, tenía que pelar cada noche un saco. Con ampolla en el dedo pulgar, y a una velocidad risible ante la habilidad de mis compañeras, logré en un mes, ser tan rápida como ellas e incluso más, hasta el punto de encargarme en el verano, de la plancha y la preparación de tortillas, que en un día normal no eran menos de 15.
Pues esos serí
an los entrantes en mi carrera de cocinera. Después, le tomé gusto a la cocina. Me di cuenta que no era necesario estar cuatro horas preparando un plato, que con máximo una hora, podía tener en la mesa un plato delicioso y nutritivo. Pero claro, en esto juega un papel muy importante la tradición gastronómica de un país, en Colombia ¡todo es tan elaborado!: que picado en cuadritos, que la salsa, que esto hervido, lo otro frito, lo otro crudo, etc. Mientras en Barcelona, se apuesta por la dieta mediterránea: disfrutar el sabor de los vegetales crudos, sólo aliñados con aceite de oliva, sal y pimienta; pescado a la plancha, papas cocidas, pasta hervida, verduras al horno, etc. (En el caso de la comida diaria).El gusto
Otro de los factores que me impulsaron a cocinar, fueron los amigos. Siempre querían que les preparara un plato típico colombiano, para conocer a que sabía mi país. La ventaja de España, es que dada la cantidad de inmigrantes latinos que viven allí, se puede encontrar casi todo
en los famosos "colmados": desde la arepa harina hasta una botella de Ron Viejo de Caldas.Pues lo primero que aprendí a hacer fueron las arepas, luego el arroz con pollo, los fríjoles, y poco a poco me fui arriesgando a hacer realidad más recetas: lentejas, patacones, empanadas con ají, arroz con leche...
Para una mamá colombiana que lea ésto, puede no parecerle una gran hazaña, pero para mí, que escasamente sabía hervir una agua de panela, me siento orgullosa de haber aprendido y de haberme atrevido a cocinar no sólo para mí, sino para otros, porque de alguna manera la comida y los sabores, son un lazo de unión con la tierra y una manera de sentirse en casa a miles de kilómetros de distancia, con la única diferencia de que ahora nadie se burlaría de mi ignorancia, ni diría: "¿va a cocinar Lina?, ay no, ¡nos va a envenenar!"
Linita, creo que has tenido una carrera culinaria donde has obtenido muy buenas calificaciones, pero... ahora que te espera en Alemania? qué tipo de habilidades en la cocina comenzarás a desarrollar? ya comenzaste por el arroz con leche, y que vendrá? un tamal, al mejor estilo valluno?
ResponderBorrarEn todo caso me alegra que tengas tiempo para estas cosas, en la cocina uno se distrae, por lo menos yo, me halago a mi misma de mis recetas; pero no es igual que compartirla con alguien, mis comidas aunque se hacen en poco tiempo, en 5 minutos ya no estan en el plato, no porque coma muy rápido, sino porque ya no estas tú para hablarme de tu día en el trabajo, de reirnos juntas, la soledad en el comedor hace que todo dure poco y no tenga el mismo sabor.