Desde que tengo conciencia de mi existencia, recuerdo a mi abuelo. Se llama Humberto, pero lo bauticé Tutico, porque era la palabra más parecida a abuelito que tenía en mi diccionario de niña. Hablé muy pronto -dice mi madre- y también muy pronto supe que mi abuelo sería mi padre, mi amigo y el ser que más amo en la vida junto con mis hermanas y mi madre.
Desde que lo conozco, ha tenido el pelo blanco. De pequeña me llamaba la atención este detalle y le preguntaba el porqué de ese color. Siempre me contestaba que se había dejado el champú por mucho tiempo en la cabeza.
Creo que el momento en que supe que mi abuelo sería mi padre, fue cuando tenía 3 años y sin querer resbalé en el tanque del lavadero. El estaba allí, y mi papá estaba de viaje, y en ese viaje se fue quedando poco a poco, y Tutico asumió el papel de padre y abuelo. El siempre ha sido el primero en llegar cuando enfermamos, en visitarnos cuando una tristeza nos agobia, en felicitarnos cuando hemos logrado algo.
A veces me pregunto por qué nos quiere tanto? Y es que desde pequeñas cada día acostumbraba ir a casa, a llevarnos a la tienda de la esquina y comprarnos golosinas; cada sábado nos llevaba al Museo Quimbaya a vernos moldear figuritas de barro, comer chicharrones y beber gaseosa manzana. Cuando fuimos creciendo, sus invitaciones se iban adecuando más a nuestra edad, y ya los planes eran ir a piscina, o a comernos una arepa con queso en la carrera 25 de Calarcá.
Mi abuelo fue panadero, director de cárcel, escout, auditor y ahora está jubilado. Hoy cumple 75 años. Puedo escuchar su risa de satisfacción por alcanzar esta edad, con tanta vitalidad. “¡75 abriles, hermana!” Me estaría diciendo.
Si me preguntaran cuál es el secreto para llegar a esa edad, con un aspecto y naturaleza tan envidiable, podría decir que él tiene sus propios mandamientos:
No hablar mal de nadie
Ofrecer soluciones, y no agrandar el problema
Sacarle beneficio a cualquier situación de la vida
Querer a los niños para vivir contagiado de alegría
Caminar de prisa, sentarse en el parque y hablar con los amigos
Expresar los sentimientos, y no impedir que las lágrimas salgan cuando lo necesitan Comer todo lo que tenga al estómago contento
Abrirle un nuevo orificio al cinturón con el paso de los años
Hacer una merecida siesta cada tarde después del almuerzo
Escuchar
Quedarse en casa si hace mucho frío
Sentir como propios los triunfos y derrotas ajenas
Orar cada mañana
Comprar la lotería con la ilusión de ganarla
Guardar la ropa nueva y nunca estrenarla
Ofrecer las mejores palabras en las celebraciones de familia
Subir al parque y llamar desde celular a los que estamos ausentes
Bailar pasodoble
Sentirse joven
Saber ser amigo, hermano, padre y abuelo.
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